Las últimas veinticuatro horas fueron tan intensas que recién ahora me doy cuenta que estoy sentado en un locutorio de Salta, esperando que Vito termine de hablar por teléfono. No sé como llegué hasta aquí, creo que fue por inercia. De fondo, suena una canción que al ritmo de una percusión me dice “¿Qué voy a hacer con tanto cielo para mí?”. Cada vez estoy más seguro de que el destino obra de maneras muy misteriosas. Parece que hubiera una mano invisible que acaba de apretar el botón de Play de la banda sonora indicada para este momento exacto de la vida. Detrás del vidrio veo pasar gente de un lado a otro. ¿Son los mismos? Todo es tan extraño y tan familiar a la vez. De repente, recuerdo que hace dos noches que no logro descansar y pienso que debería tener sueño pero por alguna extraña razón no es así.

En la radio sigue “¿Que voy a hacer? ¿Cuál es camino a seguir?”. No tengo idea. Antes de ayer estaba en San Pedro de Atacama, pensando en ir a Copiapó y rompiendo los planes al minuto siguiente, por millonésima vez en el viaje. Aquella noche no dormí nada. Unos días atrás vi por la televisión, una entrevista a Emilio Scotto, un viajero que dio la vuelta al mundo en su motocicleta durante 14 años. En un pasaje de la nota cuenta que estando en Santiago, a punto de cruzar la frontera, pensó en dar marcha atrás, darse la vuelta y perderse en el mundo para siempre. Creo que aquello fue la causa de mi insomnio. Les confieso que hubo un momento de la madrugada en que pensé lo mismo, pero cuando amaneció estaba convencido que teníamos que hacer el Paso de Jama. A ver, aunque nunca imaginé que iba a ser así, no fue una cuestión impulsiva ni nada de eso. Entre sueños entendí, no quiero sentir lo mismo que Emilio. Entonces decidí que si llevo casi dos años viajando a dedo por Latinoamérica, también tengo llevar esa experiencia a Argentina, que tiene que ser parte del sueño y no su fin.

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Mi atención vuelve a la canción que dice “Respiro hondo…” y recuerdo que eso hice antes de empezar a desandar cada uno de los pasos que me llevaron hasta el desvío de la carretera. La misión era conseguir un vehículo que nos lleve al menos hasta Jujuy. De la decena de camioneros paraguayos, no hubo ninguno que nos diera el sí, no hubo más remedio que volver a ejercitar el pulgar arriba. La ruta estaba completamente vacía, y si bien eran las nueve de la mañana, el sol del desierto ya empezaba a amenazar con cocinarnos si nadie aparecía al mediodía. De repente, dos camiones con patente argentina se estacionaron justo delante nuestro. Del primero se bajó Juan. “No puedo, es que arriba, nos hacen quilombo los milicos.” No fue muy difícil convencerlo, luego de contarle que volvíamos a nuestro país después de estar fuera durante tanto tiempo. “Ustedes están más locos que yo”, dijo mientras preparaba el mate. Del otro lado de la ventanilla, por si nos arrepentíamos, nos vigilaba el Volcán Licancabur desde sus imponentes casi seis mil metros. Adelante, la carretera se pierde en el horizonte más lejano del mundo. Lo pienso ahora, que ya no mido las distancias en kilómetros sino en ilusiones. El Paso de Jama debe ser uno de los caminos más inhóspitos del planeta. Mientras me pierdo en su paisaje lunar, en su inmensidad, en sus colores, lagunas y salares, me pierdo en mí y encuentro la misma felicidad que reconozco en otros tantos momentos del viaje. Intento describirla. Es sentir el todo y la nada al mismo tiempo. Es sentirse eterno y efímero. Al fin de cuentas, es simplemente la conciencia del instante.

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Me doy cuenta que ya no la tengo y que sigo en el locutorio cuando escucho algo como que la vida “nos encandila con lo que está por venir.” Es esa maldita canción otra vez. Creo que voy directo hacia la luz y eso da mucho vértigo. Sonrío y me digo a mí mismo que alguna vez escribí que no ando por llegar sino por ir. Voy a tener que repetírmelo muchas veces. No sólo es una idea, es una ley y una realidad. Es lo que comprobé cuando nos topamos al cartel que indicaba que habíamos llegado a la República Argentina. Allí, en ese punto único del mapa 23°S – 67°O, no había una línea divisoria, ni un destino, ni una meta. Parado en medio del desierto, no vi nada más que un camino por delante. Era el mismo que había andado durante veintiún meses y que debía seguir andando. No tenía otra opción. Así que allí fui a sumar un nuevo sello a un pasaporte con fecha de salida del 10 de Julio del 2012. Al oficial de migraciones le cuesta creerlo. Lo ojea, duda, vuelve a buscar y por si acaso, me mira varias veces. No vaya a ser que yo no sea yo. Tal vez tenga algo de razón. En la primera página está mi foto y mi nombre pero ya no sé si soy el mismo que lo presentó en Ezeiza. Quizás nadie sea el mismo, no lo sé. Sólo sé que voy con lo que soy aquí y ahora, en este locutorio de Salta, mientras esta canción me insiste en que de lo que quede de mí, te llevo un poco.”

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