Él es Yoji. Lo conocí mientras almorzaba una ensalada con sésamo en el Parque Memorial de la Paz de Hiroshima. Lo conocí por que los viajes tienen magia, la magia de estar en el lugar preciso, en el momento indicado o tal vez, simplemente, la magia de abrir los sentidos y la atención a lo que te rodea.

Recién habíamos llegado a la ciudad. El sol del mediodía nos fue arrinconando hasta encontrar unas mesas de mármol a las sombras de un cerezo en la ribera del río Ota. Al menos ahí, tendríamos unos minutos de tregua del agobiante verano japonés, pensé. También pensé lo maravilloso que debe ser ese parque durante el Sakura y en el paisaje terrorífico de aquella mañana del 6 agosto de 1945, cuando Little Boy (era el nombre que llevaba la bomba) se detonó, 600 metros antes de tocar tierra.

En la mesa contigua, había un grupo de jubilados que, como suele suceder en casi todos los rincones del planeta, se juntan religiosamente en la plaza a pasar la tarde entre acaloradas discusiones de béisbol y partidas de , el tradicional ajedrez japonés. Sí, justo a nuestro lado estaba aquella pandilla de amigos sexagenarios con todos los personajes necesarios para una buena historia: el curioso, el borracho, el intelectual y Yoji, claro.

Por supuesto, no tardamos en llamar la atención del curioso, que se acercó junto con el borracho a saludar y entablar algún tipo de diálogo con los extranjeros. Digo “algún tipo de diálogo” porque ninguno hablaba inglés. Entre mímicas, malos entendidos y carcajadas logramos contarles que veníamos de Argentina, que eramos pareja, que veníamos viajando a dedo desde Fukuoka y que nos encantaba Japón. Ese detalle fue una caricia al orgullo japonés y rápidamente motivó al borracho a invitarnos una cerveza y dispuso al intelectual a cerrar el periódico, quitarse los antejos e intentar traducirles las pocas palabras que lograba comprender a sus compañeros. Yoji, en cambio, no decía nada. Permaneció en silencio.

La conversación derivó en la lejanía y los avatares que suponen un viaje desde Sudamérica hasta Japón. Y que cuando allí es de día, aquí es de noche, o si allí es verano, aquí es invierno y ectéteras. El intelectual, asentía y traducía. A Yoji, no parecía importarle nada de eso. Ni siquiera nuestra presencia. Tanto era así, que sin mediar palabras se levantó de la mesa y se fue.

Unos minutos después, Yoji regresó por detrás nuestro. Traía una botella con agua y un trapo viejo. Se acercó en silencio, vertió una buena cantidad sobre la mesa y la esparció con el trapo. Me eché hacia atrás y le levanté los plásticos que habían sobrado de la comida para ayudarlo. Por último, le agradecí por haber limpiado.

No se conformó y enseguida nos hizo un gesto para que nos levantemos. Entonces, volvió mojar y limpiar cuidadosamente los bancos donde estábamos sentados. Luego, hizo lo mismo en otra mesa y desapareció por el parque. El borracho se llevó el índice a la cien, como diciéndome “está loco” y nos pidió que le saquemos una foto.

No se cuanto tiempo pasó, pero ya me había olvidado de esa situación cuando Yoji reapareció. Esta vez no traía trapos, sino un papel. Mientras me lo acercaba, con señas me insistía para que leyera. Era una fotocopia, con un texto en inglés que según recuerdo decía algo así:

“Disculpe la molestia. Escribo estas palabras para contarle mi historia. El 6 de agosto de 1945, yo estaba en el vientre de mi madre, que se encontraba a 1.5 kilómetros del epicentro de la explosión de la bomba atómica que destruyó la ciudad de Hiroshima y mató a miles de personas. Mi madre sobrevivó y unas semanas más tarde nací. Yo también soy un sobreviviente de la bomba.

Ser sobreviviente me ha condicionado a lo largo de mi vida tanto psicológica como físicamente. He padecido varios tipos de enfermedades, he sido examinado y expuesto a muchos controles médicos a lo largo de mis años. He estado perdido, sin encontrar rumbo, ni el sentido de la vida, hasta que caí en la cuenta que mi misión en el mundo es transmitir mi historia y el mensaje de paz para las generaciones futuras.

Mi madre murió pocos años después de la bomba, a causa de una enfermedad. Recuerdo que cuando era niño, mi tía me contaba que en los minutos siguientes a la explosión, el humo y el polvo no dejaba ver nada alrededor y solamente se escuchaban los gritos desesperados que suplicaban por “agua”. Por eso es que todos los días vengo a recorrer el Parque de la Paz y dejar un poco de agua para la memoria y los espíritus de los muertos.

Yoji Ishimi.
Víctima Prenatal de la Bomba Atómica.

Junto con el papel, Yoji me mostró una antigua libreta de páginas amarillentas que certificaban el día nacimiento (dos meses después de la explosión) y las múltiples enfermedades que había padecido de niño, entre ellas, meningoencefalitis. También traía una foto de su madre con él en sus brazos.

Me pidió que cuente su historia. Yo asentí.

– Es una promesa, le dije en un inglés muy básico.

Luego intenté saludarlo respetuosamente con una inclinación.

Él me abrazó.