Todo se vuelve más claro cuando estás ahí, no hay dudas de eso. También sé que el viaje me ha enseñado más de una vez que “la ruta proveerá”. Es cierto. Pero a veces, la ruta te juega un juego que te pone ante la prueba de ver cuánto aprendiste la última vez. A veces te da, pero a veces te quita. Una de cal y una de arena. El viaje y la vida se debaten en el justo y perfecto equilibrio.

De Cal

Los primeros minutos en Perú fueron algo difíciles de asimilar. Veníamos desde Ecuador, quizás uno de los países más hospitalarios que he conocido y lo hacíamos en autobús, rompiendo nuestro fundamentalismo de autostop, porque nos habían advertido hasta el cansancio que la frontera podía volverse bastante peligrosa. Habíamos sellado nuestro pasaporte en la madrugada, en algún punto cercano al paralelo 3º del hemisferio sur. Tres meses de estadía en Perú y a subir nuevamente al bus. Completamente adormecido, desde la ventana alcanzaba a observar algunas casitas al costado de la ruta. No recuerdo demasiado, el sueño me vencía, pero parecía más inhóspito que su país vecino. Ranchos y calles de tierra en la completa penumbra, era la imagen que se repetía cada vez que lograba abrir los ojos.

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La noche se hacia clara y luego amanecía, cuando llegamos muy temprano a Sullana, una de las ciudades más horribles en las que estuve. (Perdón a los sullanenses, siempre es incómodo llegar a un nuevo país. Lo reconozco). El autobús se detuvo en una especie de terreno baldío en las afueras que funcionaba como terminal de esa única empresa. Raro. Al poner un pie en suelo peruano se nos abalanzó una tromba de taxistas clandestinos ofreciéndonos llevarnos a la terminal “real”, proponiendo precios irrisorios en dólares, pues tampoco teníamos moneda local. Por supuesto nos decían que era barato, que estábamos lejos, que era peligroso, que había un gran dragón en la puerta esperando para atacarnos y ya no recuerdo cuantas cosas más.

Algunos pocos turistas europeos arreglaron rápidamente y desaparecieron. Sólo quedábamos nosotros y una pareja de chinos que no les convencía la situación. Los taxistas les hablaban, le gesticulaban con las dos palmas bien abiertas: “Ten dollars”. El chino no entendía nada, o no quería entender. Me imaginé a mí mismo en Asia pasando por lo mismo. Le contamos que íbamos a salir a la carretera a hacer dedo y no se si fue por escaparse de las garras de aquellos hombres, que sin dudarlo decidió acompañarnos. Así empezaba nuestro periplo en Perú: En la ruta, sin dinero, sin paciencia y con dos chinos. Nuestra esperanza, el mar.

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Espejismos del mar

Como era de esperarse, no nos fue nada bien (lo digo ahora, con el resultado puesto). A los pocos minutos, dándose cuenta lo que se les avecinaba, nuestros acompañantes pararon un moto taxi y se fueron vaya uno a saber dónde (Chinos abandónicos!). Los moto taxis son lógicamente motos con un acople de carrocería de plástico, dos asientos y un techo de lona. Hay decenas, cientos y miles revoloteando por el tránsito de las ciudades.

El tiempo pasaba pero los camiones no. Los pocos, ni atinaban a frenar. Un viejo que barría la banquina nos sugirió que vayamos más lejos, cruzando el puente. También nos dijo que era demasiado para caminar pero que de ninguna manera tomáramos uno de esos mototaxis, ya que muchos pertenecen a bandas de ladrones. Pensé en el chino.

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No los conté pero creo que nos tocó caminar varios kilómetros antes de cruzar el puente (y el túnel) que atraviesa el Río Chira. El tránsito nos pasaba a centímetros y a toda velocidad. Mientras tanto, yo miraba el agua, encantado con especie de vegetación flotante que como una alfombra psicodélica, se balanceaba sinuosamente con la corriente. Rodeado de verde, Sullana pertenece a uno de los valles agrícolas más frúctiferos de esta zona de Perú. Tanto es así que en medio del peregrinar, un policía nos regaló un racimo de plátanos y también nos contó, que de tanto andar, ya estábamos en otro pueblo. Así fue como un día, conocí Marcavélica. (¿?)

Nos alistamos sobre la Panamericana Norte: Mochilas en el asfalto, pulgar hacia arriba y caras de buena gente.  Nada.  Los pocos camiones y automóviles que pasaban, no paraban. Algunos ser burlaban. Y los conductores de los autobuses con el cartel a Máncora nos sacudían la cabeza con desazón desde el interior de su placentera cabina con aire acondicionado. Afuera, el sol de la media mañana pegaba duro. Nosotros, tapados por el polvo, ya no teníamos agua, ni dinero. Quizás por primera vez en todo el viaje estábamos realmente extenuados. Decidimos volver a la terminal con un resultado categórico:  Perú: 2 – Nosotros: 0. En el camino nos cruzamos con dos viajeros, que probarían la opción de llegar a dedo. Les deseamos suerte. Ya nada nos devolvería a la banquina.

Luego de varias horas, idas y vueltas estábamos viajando hacia la costa. Cuando el autobús estaba dejando las últimas casitas de Sullana me quedé dormido del cansancio. Los volví a abrir después de varias horas cuando el paisaje ya había cambiado rotundamente. No había ni un árbol, todo era piedra y arena mientras el micro subía en 45 grados y el gruñido del motor se lo hacía saber a todo el pasaje. De pronto, al bajar una cuesta, por fin: El inmenso azul del Pacífico. Respiré profundo y exhalé de golpe, como si expulsara algo más aire. Al menos, nos queda el mar, pensé.

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De allí en más fue puro desierto. Ni un animal, ni una planta, ni un signo de vida hasta que los vi por la ventanilla, al costado de la ruta. Eran los dos viajeros que nos habíamos cruzado. A mitad de camino, incendiados bajo el sol aplastante del mediodía, con una tela en cabeza y la ingenuidad de la desesperación en repararse en la sombra flaca del palo de una señal de tránsito. Me agradecí a mí mismo haber desistido y aprendí algo sobre la estupidez de los absolutismos.

De Arena

Finalmente llegamos a Máncora y el mar, que sabe bastante sobre equilibrios, puso de nuevo la balanza en cero cuando la hospitalidad peruana empezó a aparecer. Teníamos noticias que no sólo uno, sino dos hostales querían recibirnos. Nos relajamos. Nos desinflamos.

Máncora es un acróbata demente tambaleando en la cuerda floja entre la sequía del desierto y los millones de litros de agua del océano. Entre su espíritu de pueblo y la invasión de surfers y gentes de todo el mundo en el periplo de recorrer Sudamérica. Entre el ruido del turismo y la armonía de la naturaleza.

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Cuando la dueña del hostal dónde estábamos invitados, nos vio tan agotados, se le ocurrió la idea de que en vez de alojarnos allí, podíamos aprovechar para ir a probar unas cabañas que estaba por inaugurar en una playa cercana llamada Cancas. Nos llevó en su camioneta y se volvió a Máncora. En medio de a nada, a cualquiera le hubiese dado algo de temor quedarse en aquel lugar. Para mi era perfecto. ¿Quién no soñó alguna vez con una casa en una playa desierta?

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El eterno juego de “ir a buscar el palito”. Se repetía una y otra vez.

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Nos esperaba un sol anaranjado cruzando la línea del horizonte que veríamos durante cinco atardeceres. Crucé el cerco de caña que divide la propiedad y caminé hacia la orilla. Me siguió el perro encargado de cuidar el terreno. Era viejo, sereno y de un pelaje hermoso. Frene mi marcha. Se detuvo a mi lado. Nos miramos unos segundos y volvimos la vista al mar. Cómplices, amigos, sin decir nada. Después de tanto viajar, sacarse las zapatillas y mojar los pies en la espuma del mar que se queda pegada en la arena produce un placer inexplicable, como un frenesí. Ahí estaba, en la línea exacta donde el dolor se toca con el goce. Estaba de nuevo el eje, y otra vez en una frontera.

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DATOS ÚTILES PARA POTENCIALES VIAJEROS

La moneda oficial de Perú es el Nuevo Sol Peruano (u$s 1 = 3.12 Soles, aproximadamente).

¿Cómo llegar?

Máncora está ubicado sobre la Ruta Panamericana que atraviesa todo Perú por la costa. Se encuentra bien al norte del país casi en la frontera con Ecuador.

  • Opción 1: Si vienen desde allí, a través del Paso Huaquillas-Tumbes, con algunas combinaciones de mototaxis y buses pueden llegar hasta Máncora. Si toman esta opción les recomiendo tener mucho cuidado ya que cuentan (y conozco muchos casos que lo afirman) que esa frontera puede ser bastante peligrosa.
  • Opción 2: Pueden tomar un bus en Machala (Ecuador) que los lleve directamente a Máncora por la costa (El bus se detiene un rato en migraciones para hacer los trámites correspondientes).
  • Opción 3: Desde Loja (Ecuador) pueden cruzar la frontera por la sierra y llegar hasta Sullana. Desde allí tomar un bus a Máncora (15 Soles aprox.)
  • Opción 4: Si vienen desde el Sur, deben hacerlo por la Panamericana. Las ciudades cercanaa más importantes donde pueden tomar un bus son Piura y Sullana.

¿Qué hacer? 

Máncora es el epicentro de la cultura surfer en Perú, tiene mucha playa y mucha noche. Les recomiendo conocer también otras playas aledañas como Cancas, Órganos o Punta Sal.

¿Dónde dormir?

En Máncora nos alojamos en el Hostal Balsa y Totora y en el Hostel La Quebrada (Ver Guía de Hostales). De todos modos se pueden conseguir hostels a 12 Soles o Campings para presupuestos más ajustados.

¿Qué comer?

Hay muchísimas opciones, desde costosos restaurantes hasta puestos en el mercado regional. Muchas casas ofrecen el menú del día por precios que rondan los 3 dólares. La comida peruana esta catalogada como una de las mejores del mundo y por estar cerca del mar, no dejen de probar un auténtico Ceviche Peruano.