Buscando algo atrapas mi dedo,
atrapándome la vida, atrapándome para siempre.
Pampa, hijo nuestro, te queremos muchísimo.
Mil gracias por esta bendición.”

Herman y Candelaria Zapp – Atrapa tu sueño.


“Hola, soy Pampa”,
dice por el megáfono, a las más de doscientas personas que lo rodean para escucharlo. Lo dice desenvuelto, y aunque tan sólo tenga doce años, lo hace sin esa timidez característica de los niños cuando están frente a gente que no conocen. Será porque desde siempre aprendió la ley contraria a “nunca debes hablar con extraños”. También lo dice claro y contundente, como sabiendo perfectamente que es él y totalmente seguro de que no habrá otro. ¿Otro Pampa? Difícil.

Sin conocer ninguna teoría psicológica que lo avale, soy de los que creen que el nombre de una persona determina buena parte de su espíritu y su personalidad. Es la primera respuesta a la pregunta más trascendental que uno se formula desde el primer día de vida. Nada más y nada menos que “¿Quién soy?”. Desde su primer llanto, los padres de Pampa le regalaron una pista para empezar a resolver ese acertijo. Al elegir su nombre, consciente o inconscientemente, le dijeron algo más: Que es diferente, o mejor dicho, que es único.

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Pampa es el mayor de los Zapp, excluyendo a Herman y Cande, obviamente. Llegó en medio de un sueño con destino a Alaska que inspiró e inspira a miles de viajeros a seguir los suyos, desde que sus papás se subieron a un Graham modelo 1928, con el objetivo de atravesar todo el continente y la convicción de que el camino proveerá buena fortuna si es el corazón el que funciona cómo brújula.

Nació al revés, torcido, con sus piecitos hacia adelante, como era de esperarse, a contramano del mundo. Con sólo escucharlo un minuto, me doy cuenta que vivirá así por siempre. Es flaco y erguido como su padre, que asegura que ya lo ha superado (y eso es bien complicado). Es sencillo, austero, vasto y libre como lo predice su nombre. Sonríe mucho y lo hace sinceramente. Es espontáneo. Confía y sueña. “¿Conocés Egipto? No, pero ya voy a ir”. Siempre optimista, lo lleva en la sangre. Lo veo correr por el parque y lo imagino haciéndolo entre las pirámides. Pareciera que no necesita muchas cosas más que otros chicos para divertirse. Es inobjetablemente feliz. Habla español con acento un tanto extraño, como de quien no lo hace todos los días, pero con un gran vocabulario, de alguien que lee asiduamente. Vive en un auto, que es su casa y que le gusta, dice, “porque cambia de patio todos los días”. Sueña con trabajar en Greenpeace o en cualquier lugar donde pueda ayudar a la naturaleza porque ¿Quién no cuidaría del parque de su casa? Juega a la mancha, al ajedrez e insiste con el TEG, aunque ya haya conquistado gran parte del mapa junto a su familia.

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Creció en un universo tan real para él y tan extraño para nosotros, que la única forma de acercarnos es por medio de los cuentos de fantasía que leíamos de pequeños. (En África) Un día estábamos comiendo y se apareció un elefante. Nos quedamos todos…” – Pone cara de estatua y mira de reojo – Luego el elefante siguió y ahí ufffffff” – suspira, mientras relata con toda la gracia y naturalidad de un niño que desayuna con elefantes. Y vaya a saber uno con qué almuerza.

Rápidamente, su imaginación se transformó en sabiduría desde entendió que todo es posible. Y así se convirtió en el niño más rico del planeta, sin posesiones materiales. Pisó cuatro continentes, subió montañas, se bañó en ríos, lagos y mares, conoció jirafas, rinocerontes, delfines y camellos. Observó atardeceres, estrellas, cometas, monumentos, templos y rituales de todas las religiones. Viajes en globo, a caballo, en balsa, velero, vio cohetes espaciales y hasta manejó un avión. Conoció personas de todo tipo, trabajadores, soñadores, empresarios, tribus primitivas, blancos, rubios, negros, asiáticos. Jugó con niños de diferentes culturas sin prejuicios ni fronteras. Y por cierto, asiste a la mejor escuela posible que es la de conocer el mundo con sus propios ojos. Aprendió con la curiosidad, la mente y los sentidos bien abiertos. Se educó en el respeto, el amor, y en la materia más valiosa que se puede cursar: La libertad.

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Y de repente se debe a las preguntas de los grandes, que no tienen respuesta. Que no tienen lógica para él, simplemente porque es libre y nosotros poco entendemos acerca de su libertad.

¿Cómo haces con el idioma?
En Inglés, hoy todo el mundo habla inglés.
¿Y cómo hiciste para hablar tan bien?
Y yo nací en Estados Unidos, no me acuerdo ¿Cómo hiciste vos para aprender español?
– ¿Y no te cuesta hacer amigos?
No. Bueno, eso es muy fácil. Primero busco un chico. Segundo le pregunto cómo se llama. Luego me pongo a jugar. Es fácil. ¿Cómo hacen amigos ustedes? ¿Por Facebook?
– ¿A qué le tenés miedo?
– Scary movies. Vamos, quién no les tiene miedo a las películas de terror.

Yo lo escucho atento, sorprendido (y no tanto) de cada una de sus palabras dónde asoma la herencia de sus papás, como un destino indescifrable. Entonces pienso ¿Qué será de Pampa? y recuerdo a Herman en su libro: “Solo deseo que sea soñador”.

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Si querés conocer más sobre la familia Zapp y sus viajes visita su web:
www.argentinaalaska.com