¿Qué es un mito? Dicen que es un relato, real o no, que transmite una idea o creencia que sirve para dar una cierta explicación de las cosas. Es tal vez, nada más que una historia que nos deja alguna esperanza sobre el mundo.

Ya es anochecer. Me siento en un banco de la plaza del mercado de Vallegrande a comer unas humitas, pues el hambre no sabe esperar a la cena cuando uno no almuerza. De repente se sienta un hombre a mi lado. Me sonríe. Le sonrío.

“¿Fueron a La Higuera?”
“Aún no, mañana.”
“¿Y a la lavandería?”
“Sí, venimos de allí.”
“Yo conozco todo ahí, mil veces fuí. Se llenó de gringos ese día. Y los helicópteros.”
– “Ah, ¿Se acuerda de aquel día?”
– “Era muy chico”. Dice y sigue… Queridos Hildita, Aleidita, Camilo, Celita y Ernesto. Si alguna vez tienen que leer esta carta será porque ya no esté entre ustedes. Casi no se acordaran de mi, y los más chiquitos no recordarán nada. Su padre ha sido un hombre que actúa como piensa, y seguro, leal a sus convicciones. Crezcan como revolucionarios. Estudien mucho para poder dominar la técnica que permite dominar la naturaleza. Acuerdense que la revolucion es todo, y cada uno de nosotros solo, no vale nada. Sobre todo, sean siempre capaces de sentir en lo más hondo, cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo. Es la cualidad más linda de un revolucionario. Hasta siempre hijitos, espero verlos todavía. Un beso grande y un gran abrazo de papá. PUNTO.”

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Me la recita casi sin respirar, como una sola y eterna palabra. “Está escrita en el hospital”. Me muestra un cadenita que cuelga de su cuello con la típica imagen. “hace sombra en la pared, pero ahora no hay sol”. Se levanta, se despide y se va comiendo un pan que le compró a alguna doña.

Minutos atrás entrábamos al Hospital Señor de Malta. Allí los médicos van y vienen, con papeles en sus manos. Sentados contra la pared los niños se desploman en brazos de sus madres. Carteles, preguntas, espera. Parece un Hospital como cualquier otro, pero no. Allí se escribió parte de la historia de América Latina. Cruzando el patio se encuentra la antigua lavandería donde fue retratada la última foto del Che Guevara, ya sin vida. La misma foto que recorrió el mundo atravesando las décadas y fronteras. Esa, que hasta algunos se atreven a comparar, como el Jesucristo del Siglo XX. Hoy, la lavandería se encuentra solitaria, cercada por unas vallas de acero y pintarrajeada con frases de cientos de personas de todo el mundo que vienen a rendirle homenaje y dejar algún mensaje. ¿Por qué este tipo? ¿Por qué un argentino, ciudadano del tercer mundo, devenido en guerrillero se convirtió en una especie de santo contemporáneo? Para ello, hay que leer las pintadas. Una encima de la otra, y más allá de las posiciones políticas, no expresan más que profundas ansias de libertad, de un mundo mejor y de luchar por los sueños.

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Ahora bien, en Bolivia en cambio (excepto algunos casos) mi sensación general es de una cierta indiferencia a una figura que es un símbolo mundial. Ni bronca, ni exaltación, indiferencia. La misma que supongo que permitió que estuviese enterrado a diez cuadras de la plaza central durante treinta años sin que nadie se diera cuenta. Fuimos hasta allí, donde aún se encuentra abierta la fosa común pero cerrada bajo candado dentro de una “capilla” para beneficio de los guías que tienen la llave. Para mi sorpresa (o no), ¿saben dónde lo enterraron? Al lado del cementerio. Claro, los muertos se entierran en un cementerio ¿dónde más sino?. Un hombre se nos acerca. “Quieren entrar, vengan.” Nos lleva con David, un campesino que perdió una pierna trabajando para la finca de un alemán, que le pagó su indemnización y se olvidó de él. Hoy no tiene más remedio que cuidar del cementerio. Andando con sus muletas nos lleva hasta una reja, nos deja cruzarla y me pide cinco pesos. Le doy diez. “Shh, no hay nadie. Después se va por el mismo lugar”. 

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A cualquiera que se dedique de recorrer este país no le va a resultar extraño el final que tomó la guerrilla. La ancestral sumisión y dominación estructural se potencia con una extraño conservadurismo cultural donde todo lo ajeno es “gringo”. Y en ese sentido, el Che, era un “gringo“. Yo me di cuenta en sólo dos meses. Acaso, ¿es que él no lo sabía? No lo creo. Entonces ¿Qué es lo que hace que un hombre, insista una y otra vez ante un pueblo que no deja de darle la espalda? ¿Es utopía o ceguera? Pobre, se vino a hacer matar acá. Es que acá la gente quiere tener sus cosas. No le hicieron caso.” Eso me lo cuenta un viejito, sentados en la glorieta de la plaza de Pucará, un pequeño pueblo a pocos minutos de La Higuera. También me cuenta, que vive con la hija, que no se anima a abandonarlo, que no cobra jubilación y que recibe un plan para la ancianidad de 700 pesos (100 dólares) cada tres meses. Me lo cuenta contento y me quedo con una sensación de que cree que es justo. “Era un inútil el pobre. Como puede ser que todos tengamos lo mismo. No. Tenía ideas equivocadas.”

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No duramos ni una noche en Pucará, uno de los pueblos más amables que conocí. Una señora nos hizo una cena sólo para nosotros. Estábamos por acampar en la plaza, hasta que llegó un chico del pueblo que se ofreció a llevarnos a La Higuera. Nos anotamos sin pensarlo. Fueron 17 kms en bajada por caminos de tierra y precipicios durante la noche. Llegamos a un pueblo dormido. Tocamos la puerta en la escuela, donde nos permitieron acampar gratis.

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A la mañana siguiente despertamos por los gritos de los niños y la campana del maestro llamando a clase. La Higuera, es un pueblo de no mas de diez casas, una sola calle de tierra y una plaza circular. Al final del camino se encuentra la antigua escuela, dónde estuvo toda la noche del 8 preso y fue fusilado. Hoy, al igual que la Lavandería, es un museo y santuario popular de frases escritas y fotos pegadas en la pared y todo tipo de pertenencias que van dejando los visitantes.

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Para mi sorpresa, Savina, la encargada del lugar, me cuenta que no son muchos los turistas que se acercan hasta allí. Seguramente porque llegar es aparentemente muy caro o muy difícil. Es que aquella indiferencia que les conté, sólo se ve contrastada con un fuerte interés por sacar el mayor provecho posible del ícono popular. En Vallegrande, venden el tour a 300 Bs, una exageración para los precios bolivianos. «Es que sólo se puede ir en taxi, el camino es muy malo y no pasa nadie. No se puede llegar, es imposible.» Cuantas veces escuché eso. Siempre se puede llegar de otra manera. Y llegamos.

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La Higuera esta incrustada en un lugar paradisíaco, se encuentra diminuta en la ladera de una montaña verde entre ríos y cascadas, bosques frondosos y atardeceres increíbles. El pueblo está lleno de contradicciones. Cuentan que aún queda un viejo que estuvo aquel día y una señora que dice que lo conoció sólo para engañar a los turistas. Cada cual tiene un relato diferente, y todos dicen haber vivido aquella mañana fatídica, pero la versión más convincente es la que me dio  Savina: «La gente le tenía pánico a los militares y a los guerrilleros. Aquel día por miedo, el pueblo quedó vacío. Las mujeres se encerraron en sus casas y los hombres se fueron a trabajar al campo. Luego, muchos se fueron y no volvieron nunca más.» Hoy, aquel caserío que cerró las puertas, vive de la nostalgia y de la memoria del héroe caído. Todas las casas tienen un mural del con su cara y alguna frase erróneamente atribuida, hay tres monumentos y una plaza en forma de estrella. También hay una escuela, con misiones de médicos enviados por el gobierno cubano y un francés, fanático del mito pero no de sus ideas, dueño de un hostal que cobra 60 pesos por persona y no hace rebaja.

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También hay cientos de historias. Cuentan que había llegado a Abra Picacho, un pueblo que está un poco más arriba del cerro. «Que justo había una fiesta, tomó chicha, bailo con una mujer e invitó cerdo asado para todos. Luego bajo a La Higuera, pero no había nadie. Fueron hasta la casa del telegrafista y se enteraron que los militares se encontraban cerca. Luego se produjo un enfrentamiento y herido se escondió en la selva. Ahí se metió en su propia emboscada, la Quebrada del Churo»  Se trata del lugar en el que fue capturado, donde hay un risco que se transforma en un callejón sin salida.

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Lo curioso y cautivante de la historia de caída del Che es cómo puede transformarse en mitos y leyendas de pueblo. Camino a la Quebrada del Churo, hay una pequeña casa de adobe, «la casa de la enanita«. Allí vivía la niña, «la primera en la fila del colegio», junto con una viejita. Cuentan que los guerrilleros la tomaron prisionera por un día sólo para sacarle información de dónde estaban y a qué distancia y dirección de Pucará o Vallegrande. Luego la soltaron y la vigilaron por varios días. Al ver que la anciana no tenía actitudes sospechosas, comenzaron a comprarle víveres. Cuentan también que los guerrilleros estaban muy maltrechos y hambreados. Una noche, mientras hacían una expedición, un campesino de la zona que estaba  regando las papas en la madrugada (otros dicen que se quedó haciendo guardia pues notó que le estaban robando las papas) vio a los hombres y a la mañana siguiente los denunció con los militares. Ese fue el principio del fin. Algunos dicen que se metió en su propia trampa, otros que lo hizo para proteger a sus compañeros. Donde lo encontraron, hoy hay un árbol de higos. Hay que bajar toda la montaña por la selva y llegar a una especie de claro al lado del río. Dicen que se resistió, pero el destino hizo que un balazo en su fusil lo dejara inutilizable y cuando quiso sacar su pistola no le funcionó. No tuvo más remedio que entregarse.

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Cuentan que lo llevaron hasta la escuela en una larga procesión.  Ese día los niños no tuvieron clases. Allí permaneció prisionero, el 8 de octubre y hasta la mañana del 9 donde recibieron la orden de fusilarlo. Dicen que el elegido fue un solado, Mario Terán, como premio por su cumpleaños. Tomó varios tragos de chicha y entró.  Algunos aseguran que pidió por favor que no lo maten, otros que recitó la frase heroica: «Párese derecho y apunte bien, que está por matar a un hombre». Más allá de las historias me pregunto. ¿Sabía que ese era su final? ¿Que siente y piensa un hombre que ha dado su vida por una causa, cuando sabe que inevitablemente va a morir? Tal vez, aquella carta que me recitaron en Vallegrande tenga alguna respuesta.

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Cuando lo capturaron dijo, “Soy el Che, les sirvo vivo”. Sin saberlo, en su segundo más crítico, tuvo su momento de mayor lucidez. Pareciera como si hubiese viajado en su cápsula del tiempo y visto la historia de las décadas futuras, pues ese disparo no provocó su muerte, sino que lo hizo vivir por siempre. Como dice una pequeña frase en la escuelita. “Por esta puerta salió un hombre a la eternidad”.

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Me voy de La Higuera. Es raro lo que me pasó aquí, es como si aún me faltara algo por descubrir, por entender. Creo que para los viajeros, los lugares tienen un tiempo, que te dan lo que tienen y luego te dejan ir. Siento, que me estoy yendo antes de tiempo, con esa extraña sensación de quien se va sin saludar. ¿Qué es lo que me retiene? ¿Que tiene este hombre, médico, viajero, soñador, que me hizo llegar hasta aquí? Es obvio, ¿no? Mientras tanto espero algún coche que me lleve, la bruma de la mañana se disipa y leo en la pared de enfrente: «Seamos realistas. Hagamos lo imposible».

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DATOS ÚTILES PARA POTENCIALES VIAJEROS

 

  • La moneda oficial de Bolivia es el Peso Boliviano (u$1 = 6,93 Bs).
  • Vallegrande: Se puede llegar desde Santa Cruz o Samaipata. Desde Samaipata el pasaje cuesta 25 Bs. Allí los guías intentaran venderles el tour a la lavandería y el mausoleo. La lavandería es gratis (hay que entrar al hospital nomás), y el mausoleo pueden ingresar por el cementerio, dejándole alguna propina al cuidador. (Eso si, la fosa está cerrada con candado)

  • La Higuera: En Vallegrande querrán cobrarles 300 Bs, si es sólo a visitar la escuela y más si quieren ir a la Quebrada del Churo. Se puede ir por muchísimo menos que eso. Esta es la receta:

    En Vallegrande deben esperar sobre la ruta el bus que va a Serrano. Pasa sólo una vez por día, a las 14hs aproximadamente. Cuesta 20 Bs y los deja en Pucará. Allí están a sólo 17 km de La Higuera pero no hay transporte público que llegue. Deben preguntar en el pueblo. Todos los días hay gente que viene y va. Hay maestros que van todas las mañanas a dar clases a la escuela. Nosotros le pagamos 10 Bs cada uno, a un chico que tenía que ir de cualquier modo.

    Una vez en La Higuera, vuelven de la misma manera. También pueden quedarse unos días. Todos ofrecen alojamiento, y hay dos hostels de unos franceses. Les recomiendo ir a la escuela. Allí los hospedarán gratis si tienen carpa (con baño y agua caliente) y les cobrarán sólo 20 Bs, para dormir en un cuarto.

    La entrada al museo vale 10 Bs. Para la Quebrada del Churo, también deben pagarle 10 Bs a una señora. El camino es de 4 horas ida y vuelta.

 

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