A mis amigos.

Nunca falta el boludo que cuando estoy contando alguna anécdota de mi infancia dice “¿Che, a vos se te pasó la vida en esa plaza, no?”. La relación causa-efecto se produce automáticamente. Nos miramos entre todos, dibujamos una pequeña mueca en la cara que se asemeja a una sonrisa cómplice, le metemos una mirada reojo al nabo en cuestión y a la velocidad de un relámpago nos transmitimos telepáticamente: “¿Y vos? ¿Saliste del departamento alguna vez?”.

Es que en estas épocas de playstations smartphones, una plaza es simplemente el lugar para practicar running o hacer cagar al perro. Pero hace más de veinte años, para un grupo de pibes de un barrio del conurbano, fue todo el mundo posible, circunscripto a un simple triángulo rectángulo que dibujaba el cordón de la vereda que tantas veces sirvió de línea del lateral para infinitas batallas futbolísticas. Hoy, un 20 de julio frío y ordinario, que no reporta más que una paradógica efémeride de un tipo pisando la luna (como si la NASA y la carrera espacial tuvieran algo que ver con la amistad); te cuento todo esto con 32 inviernos, ocho mundiales y unos cuantos asados encima, sentado sobre el pasto, contemplándola atónito ante la irrefutable evidencia de que el paso del tiempo es una trompada en la cara.

Aún siguen en pie las viejas hamacas de colores. ¡Si habremos gastado esas hamacas! Ahí nos pasábamos las horas, jugando, creciendo, creándonos a nosotros mismos. Los más ambiciosos, aquellos con ganas de volar y de probarse cuan alto se puede llegar. Otros, más arriesgados, con la continua tentación de saltar en el momento exacto dónde la parábola marcaba el punto más lejano del suelo, sólo para probar qué se siente en ese instante de libertad de flotar en el aire. Otros con el objetivo de moverse lento, pero constante, de disfrutar de la dulce cadencia del vaivén de la vida. Muchas veces, cada uno en direcciones opuestas, pero siempre regresando al inevitable lugar de encuentro en medio del recorrido.

A su lado, todavía está el tobogán. Antes había uno pequeño y otro que cuando cuando tenés tres años, sentís que estás escalando el Monte Everest. Hubo un día en que sin darnos cuenta, cada uno de nosotros venció sus propios miedos de la única manera posible; subiendo cada uno de los peldaños y arrojándonos a la aventura.

Detrás del arenero, como en una foto retrospectiva, me veo jugando en el juego más estúpido del mundo: El subibaja, mi preferido. ¿Por qué? pensarás. Porque es el Principio Básico de la Amistad, que te enseña que irremediablemente necesitás del otro y que si no hay alguien para jugar contigo nunca te vas a mover del piso. Muchos años después, te das cuenta que la vida es un subibaja.

Pero mi placita tiene un lugar sagrado, inmaculado diría yo: La canchita de fútbol. Para nosotros era una especie de estadio imaginario que por suerte, no tenía límites y podía convertirse en la plaza entera. Recuerdo que los vecinos, esos amargados que te pinchan la pelota cuando les cae en el patio luego de un córner mal pateado, plantaban árboles en el campo de juego para frustrar el «molesto» griterío a la hora de la siesta. Aquello sólo sirvió para demostrarles (-nos) el significado de las “ganas de”, que cuando existen, poco importan los obstáculos, ni la gente, ni el frío, ni la lluvia, ni el barro: Nuestro partido, se iba a jugar igual, cueste lo que cueste, porque no había mayor felicidad que atravesar el pasamanos con la pelota para llenarse el alma de un grito de gol y abrazarse con esas personas eternas, los amigos.

Vaya a saber uno qué buen imán usó ese Dios llamado destino, para hacer que una tarde de verano, se encontraran en esa plaza de Vuelta de Obligado y Yaité, un grupo de pibes que no se separaron nunca más.

Feliz día del amigo.

diadelamigo1

* (Adaptación de un email que un día como hoy me escribió Diego Sedani)

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