La fiesta. Un filosofo ruso decía que el carnaval fue, es y será un acto de rebeldía. El rey es tonto y el tonto es rey. ¿Y por qué no? Si se trata de ver el mundo con otros ojos, deformes, absurdos. Pisar las gafas que nos brindan la “imagen correcta”. Quizás todo esté al revés todo el tiempo. ¿Quién lo sabe?

No es más que las cosas dadas vuelta. Es una forma de renacer. Ponerse disfraces para ser uno mismo. El diablo sale a la calle para ser venerado, luego de tanta campaña difamatoria y mala prensa durante todo el año. Los niños toman el poder de dominación sobre los adultos. Es una dosis de abundancia en medio de la irremediable carencia, de desenfreno en el orden impuesto, de baile entre tanta quietud. Y de color, por supuesto, mucho color para poder tolerar un mundo que cada vez es más blanco y negro.

Tal vez el carnaval sea eso, sólo unos pocos días para vivir la vida no como debe ser, sino como debiera ser.

 

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