Dejo mi taza de porcelana sobre la mesa. Aún siento su aroma impregnado en mis fosas nasales, su sabor en mi paladar. Miro alrededor y veo todo ese paisaje. No quiero que se vaya nunca. Ni el sabor, ni el aroma, ni el paisaje. Todo se relaciona en una armonía perfecta. Don Elías me pregunta ¿Otro tintico, caballero? Por supuesto y “colao”, pues así es como se hace por aquí. Pienso. ¿Estoy tomando simplemente un café o estoy bebiendo la esencia misma de esa Colombia que tanto amé?

Don Elías, tiene una pequeña finca cafetera en Salento, un pueblo del departamento del Quindío en pleno corazón del Eje Cafetero colombiano. Lleva toda su vida dedicada a un arte que se transmite de generación en generación: A él le enseñó su padre, que le enseño su abuelo y hoy deja su sabiduría en poder de sus nietos que sueñan con hacerse cargo del gran legado familiar.

De la planta ...

De la planta …

Como no podría ser de otra manera, el café es una planta bastante celosa. Requiere de ámbitos, circunstancias y cuidados especiales. Se cosecha dos veces al año. Don Elías recorre su cafetal con la sagacidad y la confianza que le da moverse por su lugar en el mundo. Cuando los frutos están bien rojos los debe retirar a mano eligiendo minuciosamente cuál de ellos está maduro. No lo puede hacer una máquina, se requiere una sensibilidad que sólo la puede lograr el hombre cuando hace lo que ama. Luego debe separar las semillas y ponerlas a secar al sol alrededor de quince días. La paciencia es la virtud para saber cuando es el momento justo en que no está ni húmedo ni demasiado seco. El próximo paso será retirarles una especie de piel que recubre el grano, uno por uno, para luego ponerlo a tostar en su antigua paila de bronce. Unas horas después, como por arte de magia, la casa se llena de ese aroma que seguún dicen los antiguos, era la bebida de los dioses. Sólo resta molerlo, colarlo con agua caliente y listo, ya tiene su tinto colombiano.

... a la taza.

… a la taza.

Recuerdo que alguna vez escribí sobre el significado del té en Marruecos y su simbología de hospitalidad. Hoy creo firmemente, que la gastronomía es la expresión cultural más importante de cualquier país. No es como la música, la pintura o la literatura que son artes externas. Cuando uno se bebe un tinto, se esta metiendo a Colombia dentro del cuerpo, nada más y nada menos. Es que detrás de cada taza de café no hay sino una manera de ser, la forma de ver el mundo de un pueblo que se niega a un “progreso” que parece inevitable y que se devora todo. Detrás de cada sorbo, allí está lo mejor de Colombia: Su gente.

LA RUTA DEL CAFÉ

Una verdadera ruta del café, debería llevarnos por al menos tres departamentos de Colombia, pero sin dudas, el centro del Eje Cafetero es el Quindío. Una región de campesinos y artesanos, de personas amables y generosas, de paisajes surrealistas, de caminos que no aparecen en mapas y de pueblos que aún guardan su tradición como un tesoro inegociable.

Pasamos casi dos meses en Salento, viviendo una vida de otro tiempo, de otro mundo que no parece ser parte este, ahogado por la urgencia y la opulencia. Nos metimos en nuestros huesos y corazones su inmensa belleza, su lentitud, su simplicidad, su hospitalidad, y sobre todo, el amor de su gente. Salento en un pueblo que abraza, y abraza tan cálidamente que no te deja ir.

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Pero aún nos quedaba ver algo más para terminar de enamorarnos de toda la región. Subiendo desde Armenia, pasando por Río Verde, queda Buenavista. Hay que subir mucho, hasta cruzar las nubes, pues se trata de un poblado construido en cima de la montaña con una panorámica perfecta de todo el valle que le hace honor a su nombre. Todo ese manto verde que desde allí se observa parece la gran obra de un artista. Pero no, es real.

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La buena vista de Buenavista

Desde allí tomamos un largo camino a través precipicios de montañas sembradas en cada rincón y cascadas soñadas que nos llevó hasta uno de mis lugares y momentos favoritos: Pijao. La lluvia asechaba detrás de los cerros y las calles se convertían en un pueblo fantasma. El colorido de sus construcciones contrastaba contra el gris del cielo que parecía que iba a caérsenos encima. Frente a la plaza, encontramos un antiguo bar, dónde nos metimos a esperar que pase la tormenta.

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Otra vez, salió de mi boca la misma frase de siempre. Era lógico, estábamos en el alma misma del Eje Cafetero:“Un tinto, caballero!”. Dentro de esas viejas tazas adornadas de flores rosadas, se encontraba de color oscuro, aroma y sabor intenso, el mejor café que iba a tomar en toda mi estadía en tierras colombianas. Se lo comenté al dueño. “El secreto es el café, pero también maquína”, dijo mientras señalaba hacia el fondo del mostrador.“Usted es argentino ¿no? Mire detrás, mire.” Me acerqué a aquel artefacto cromado, repleto de tubos, engranajes, manijas y relojes, que se parecía más a una extraña máquina del tiempo que a una simple cafetera. Me asomé por detrás y vi el sello grabado que imprimía: INDUSTRIA ARGENTINA – 1908. “¿Y esto todavía funciona?” Pregunté. “Tiene más de cien años y nunca se ha malogrado, es que antes hacían las cosas bien, no como ahora”, agregó orgulloso.

"La Máquina"

“La Máquina”

Las mesas de billar eran casi de la misma época, así como las sillas, los espejos, la caja registradora, y los clientes (¿?). Empecé a sospechar seriamente si aquella conjetura sobre la cafetera no era cierta y me había transportado a través de los años cuando el dueño me incitó a girar la palanca para probarla. Quizás él tenga razón y como dice, todo tiempo pasado fue mejor. En la puerta, algún Don asiente con la cabeza mientras su cara se le esfuma entre el humo del cigarrillo.

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La lluvia cesó y con ella nuestra fugaz visita. Nos subimos a la camioneta y partimos atravesando cafetales rumbo a Córdoba, una zona específicamente agropecuaria. Allí disfrutamos algo de comida típica, visitamos una finca y admiramos a un señor que hacia réplicas exactas de los monumentos mas famosos del mundo en miniatura hechas en Guadua. Pero lo más hermoso del viaje fue verse envuelto en ese paisaje cafetero.

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Una mañana el calendario marcó el 20 de Julio, día de la independencia de Colombia, que nos encontró en un pueblo a pocos kilómetros de Salento llamado Filandia. Muchos la llaman “la colina iluminada del Quindío” pero un sacerdote nos explicó que su nombre deriva de “Filo + Andia” que significa “Hija de los Andes”.

Autobús al paraíso, Filandia.

Autobús al paraíso, Filandia.

Aquel día, este hermoso pueblo amaneció sembrado de banderitas azules, rojas y amarillas. Las veredas se llenaron de puestos de arepas, helados y café. Aquello fue una verdadera fiesta. Los niños jugaron hasta cansarse. Las bandas no pararon de tocar y los desfiles no cesaron en toda la tarde. La gente copó las calles con sus trajes, sus sonrisas y el orgullo de ser colombianos.

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Yo fui tan feliz como los cinco meses que duró mi estadía en Colombia. Tendrán que perdonarme pero soy medio nostálgico y tengo una cierta debilidad por este país. Todo lo que amé y que tanto extraño de aquel Eje Cafetero estaba ahí en esas calles. No es nada más que esa gente y el brillo de sus ojos que denotan esa alegría y bondad natural que tienen por aquí. Es inevitable, sé que algún día volveré, para tomarme “otro tinto, caballero”.