Hoy les voy a hablar de un destino que probablemente no lo hayan oído demasiado. Es uno de esos “orgullos” que tenemos los viajeros de encontrar rincones secretos de nuestro planeta que por suerte, aún no tienen demasiado renombre en la industria del turismo. Hubo pocos lugares donde me planteé seriamente la idea de quedarme a vivir. Uno de ellos fue Jardín, un pequeño pueblito campesino al sur del departamento de Antioquia, Colombia. ¿Por qué? Ya verán.

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Todo sucedió como un típico amor a primera vista. No se bien por qué, nunca se sabe los porqués del amor, pero lo cierto es que ni bien puse un pie en sus calles adoquinadas, sentí como si toda la vida hubiese querido estar allí y como si Jardín me hubiese estado esperando hacia mucho tiempo.

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Para llegar, hay que desviarse de la ruta “lógica, dejar la Panamericana y desde Medellín tomar una carretera que no lleva a ningún lugar más que andar por horas y horas, pasando por decenas de pueblitos serranos, caminos de tierra y curvas con panorámicas paradisíacas hasta finalmente descender a la tierra prometida. Tal vez sea por ello, porque la ruta termina allí, porque desemboca en un sitio sin salida. Tal vez sea porque necesariamente hay volver a desandar el camino hecho y porque es lo suficientemente incómodo para el itinerario vertiginoso de cualquier turista. Tal vez sea por ello que Jardín, se brinda por entero a los pocos forasteros que la curiosidad y el deseo de conocer que hay más allá del mapa los lleven a desembarcar en su suelo encantado.

Imagínense levantar la vista, mirar alrededor y observar el cielo celeste contrastando con el verdor de cerros tan altos que uno se siente encerrado en un cuadro paisajista. Imaginen observar sus laderas con una textura tal que pareciera que un jardinero se ocupará de cortar el césped minuciosamente todas las noches, sin que nadie pueda verlo para no develar el encanto. Imaginen pasear por esos senderos y ver cascadas cayendo desde lo más alto a un cañón dibujado con un río de aguas cristalinas. Imaginen por un instante oler el agradable aroma de sus bosques de eucaliptos, escuchar el canto de cientos de aves mezclarse con el sonido del viento, sentir el frescor del aire puro de la mañana. Todo ello pasa a diario en los alrededores de Jardín que parece un simple punto incrustado, como si alguien lo hubiese soltado caprichosamente en medio de una sierra antioqueña de montañas pintadas con toda la paleta de verdes que ningún artista podrá imitar jamás.

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Abajo, una burbuja detenida en el tiempo, un pueblo que se encuentra a salvo de una modernidad que ya parece haberlo conquistado todo. Aquí los ancianos aún se sientan en la puerta o en los balcones de sus casas pintadas de todos colores a ver pasar el día, aún la gente nos saluda con una sonrisa aunque no nos conozcan porque, como alguien nos dijo, “Jardín es pueblo de modales, que por un saludo cordial, puedes ser aceptado o desterrado”. Aún aquí, existe como una ley sagrada, el buenos días, el gracias, el permiso.

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En Jardín, las familias aún alquilan sus cuartos, dónde uno se siente invitado y no cliente. Las casas aún venden sus propios quesos, dulces, helados de leche y chorizos caseros. No hay supermercados, sino tiendas atendidas por sus dueños que aún tienen la costumbre de dar la yapa.

En sus calles empedradas aún se secan los granos de café al sol y los niños juegan en sus bicicletas, mientras las madres se cuentan los chismes del barrio. Aún circulan los míticos Jeeps Willys, como el transporte público oficial junto a la tradicional Chiva, un viejo y excéntrico autobús reformado lleno dibujos tradicionales en su carrocería.

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En la plaza, aún las viejas asisten religiosamente a la misa de las seis. Aún los hombres se bajan de su caballo, lo amarran en un poste de la calle, se quitan su sombrero volteao y se sientan por la tarde a tomarse un tinto en la vereda. Aún en esos bares, se usan tazas de porcelana, y no se escucha la música de moda, sino las famosas rancheras colombianas, los mejores tangos de Gardel, Julio Sosa, Libertad Lamarque o los mayores éxitos de Nino Bravo. Allí, entre tragos de aguardiente antioqueña transcurre una vida sin apuros, porque en Jardín aún sobra lo que en el mundo falta. En Jardín aún hay tiempo.

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Pero eso no era todo lo que se tenia entre manos para convencerme sobre mi residencia. Antioquia me había mostrado su secreto pero Jardín me tenía otro muy bien guardado. Más allá de las colinas, río arriba, hay un lugar escondido. La cueva del esplendor ya contiene en su nombre, la magia y el enigma necesario ir a descubrirla, aunque no sería tarea fácil. En nuestro primer intento no pudimos llegar, pero recorrimos un largo camino que nos llevó por sus ríos, saltos y bosques. Nos embarramos en sus senderos más lejanos, subimos cuestas, vimos insectos fluorescentes y flores de todo tipo.

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Conocimos a sus campesinos viajando a través de sus fincas, demasiado fértiles para que alguien sufra de hambre. Caminamos por una tierra dónde los cafetales llegan hasta dónde da la vista y la abundancia es tal que las plantaciones de frutas, cítricos y plátanos dejan parte de su cosecha al costado del camino para la suerte de los transeúntes. Creo que Jardín no me quería develar su mayor tesoro, sin antes tomarme el trabajo de comprenderla.

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Luego si. Bien alto, dónde las montañas se mezclan con las nubes, nace un camino que conduce por el filo de las cumbres, hasta dónde comienza el cañón. Son largas horas de caminar cerca del cielo, hasta que toca bajar a lo más profundo de la selva.

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Allí, mientras todo se hace espeso, húmedo, oscuro y los ojos no pueden ver más allá de la vegetación, se empieza a escuchar un sonido. Primero es muy tenue y se va haciendo más intenso hasta llegar a ser como un fuerte rugir de la naturaleza. Se cruza el río, se pasa por un túnel y se aparece. Una cueva agujereada por donde pasa una potente cascada que a la hora del mediodía, cuando el sol se mete por el hueco forma un halo de luz dándole significado a su nombre.

El lugar es sencillamente espectacular y más aún porque estábamos solos, sin ningún rastro humano a kilómetros de distancia. La maravilla se nos mostraba sólo a nosotros y se les mostrará sólo a aquellos que sepan encontrarla. Entonces, sucede lo que siempre sucede con los lugares secretos: Uno siente que de alguna forma ese sitio le pertenece desde y para siempre.

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DATOS ÚTILES PARA POTENCIALES VIAJEROS
  • La moneda oficial de Colombia es el Peso Colombiano: u$s 1 = 1.950 COP aprox.

  • Cómo llegar?
    Ya develé demasiados secretos, investiguen. Yo llegué a dedo.

  • Alojamiento:
    Hay un sólo hostel con cocina (Selva y Café) a 20.000 COP por noche.
    Hay hospedajes cerca de la plaza a 15.000 COP (negociables)
    Pregunten a la gente, sobre cómo y dónde alquilar un cuarto en una casa de familia a 8.000 COP aprox.
    Hay sitios para acampar a 5.000 COP.

  • Gastronomía y otros placeres:
    Almuerzos: Entre 3.000 y 5.000 COP (incluye sopa, plato principal y refresco)
    Tinto en cualquier bar: 1000 COP
    Prueben las panaderías, los dulces y los helados artesanales.
    No dejen de probar la Bandeja Paisa o los platos con Trucha (6.000 COP)

    Entrada a la Cueva del Esplendor:
    Supuestamente hay que pasar por una propiedad privada en la cual hay que pagar 3000 COP, pero cuando fuimos no había nadie.

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