“La vida es aquello que te va sucediendo
mientras estás ocupado haciendo otros planes”
John Lennon

LA LECCIÓN

Todo pasa por algo, dicen. Hay cosas que suceden sin demasiada explicación o, mejor dicho, sin que nosotros podamos entenderlas. La muerte, la pérdida, la derrota, son esos momentos en que nos parece como si el universo se empecinara con nosotros. Pero cada uno de ellos, para quién sepa y quiera leerlos, no son más que válvulas de escape. Es a través de ellos, cuando la vida se nos presenta en forma de cachetada en la mejilla, sólo para cambiar de una vez y para siempre el rumbo incorrecto de nuestro destino. Son modos de corregir nuestra inevitable estupidez. Aunque suene extraño, esa cachetada me la pegó una tortuga.

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Cuando despertamos aquella mañana y vimos el nuevo nido a menos de cinco metros de la carpa fue todo tan evidente: hacía un tiempo que veníamos haciendo las cosas mal, muchas cosas mal. Entiéndanme, no es que quiera justificarme. Es más, soy el primero en reconocerlo y hasta a veces suelo ser demasiado duro conmigo mismo, pero luego de más de un año y medio viajando por el mundo, algunas certezas del principio pueden volverse un tanto confusas. La sensación de despertar cada día en un lugar distinto, puede llegar a ser la gloria y también la pena, cuando el cansancio hace lo suyo. Y a veces el diablo obra de maneras misteriosas, pero sobre todo en forma de confort. La tentación y la perdición, pueden ser una ducha de agua caliente, una cama, una cerveza con los amigos, un domingo en la cancha o un asado en familia.

Habíamos llegado a la isla de Portete casi de casualidad y nos encontramos con un pequeño paraíso ecuatoriano. Mientras recorríamos su extensa playa plagada de cocoteros pensaba que sería un lugar inmejorable para acampar unos días y despedirme del mar azul y arenas blancas. Pensaba ello cuando de repente nos topamos, clavados en la arena, varios cercos hechos de caña y madera con un cartel que citaba: “Nido de tortuga marina, especie protegida en peligro de extinción”.

Como buenos viajeros curiosos que somos, preguntamos a los lugareños y efectivamente nos reafirmaron lo que sospechábamos desde un principio, que era temporada de anidación de tortugas y que con suerte, en una buena caminata nocturna podríamos toparnos con alguna. Al final de la tarde, teniendo en cuenta nuestra frustrada aventura a Galápagos, la decisión de volver fue unánime.

Uno de los tantos nidos de tortuga marina que hay en la isla

Uno de los tantos nidos de tortuga marina que hay en la isla

A la mañana siguiente estábamos de nuevo en la isla para pasar dos noches con la ilusión de ver “algo”, pero nada sucedió como lo soñábamos. El primer día transcurrió sin demasiada actividad ni suerte con el clima que se empecinó en nublarse y llover. El segundo, no fue muy diferente al anterior. Nuestra estadía se nos escurrió siempre en la misma monotonía. La soledad, la pasividad y el aburrimiento de la isla fueron el caldo de cultivo ideal para volver a algunos pensamientos recurrentes, a las dudas y los miedos que me provoca estar más cerca del final que del comienzo del viaje. Con muchos de ellos ya somos viejos conocidos. Paradójicamente son los mismos que he decido tirar por la borda la tarde en que me subí al avión, pero como les dije, a veces el diablo obra de maneras misteriosas y en formas de preguntas sin respuestas.

Hay días difíciles ...

Hay días difíciles …

Aquella noche, luego de una charla, me sentí extraño. Tal vez un poco aturdido por mi propia cabeza, perdido en un laberinto mental sin letrero de salida. Me acosté temprano, queriendo que termine el día de una vez por todas, sin demasiado humor para salir a recorrer la playa por última vez. Me dormí profundamente. Cuando la claridad me despertó y vi esa circunferencia de cañas sucedió una catarata de emociones. Al principio sorpresa ¿Eso estaba allí realmente? Luego, ¿Eso estaba ayer?. Nos acercamos con incredulidad hasta que nos topamos con la cruel realidad. Aún se distinguían claramente las marcas en la arena, el largo camino que había hecho hasta llegar al punto exacto y el recorrido de vuelta. Entonces surgió la desilusión, una tortuga había anidado al lado de nuestra carpa y no nos dimos cuenta. Luego sobrevino la tristeza, el vacío que deja la oportunidad perdida, el saber que lo dejamos escapar y ya no volverá a suceder. Por último, en ese mismo momento, surgió la revelación.

Allí, recién amanecido y parado en medio de la playa, me di cuenta de algunas cosas. Recordé lo que me costó poder tomar la decisión de dejar todo e irme de viaje por el mundo y que no aprovechar esta experiencia al máximo sería un pecado mortal contra mí mismo. También recordé que la gran mayoría de los momentos maravillosos que viví en el viaje, no estuvieron precisamente de la mano de la comodidad. Pero sobre todo, me di cuenta que por preocuparme por lo que vendrá, había dejado pasar una oportunidad única y presente.

... que dejan algo valioso.

… que dejan algo valioso.

Entonces entendí que el futuro es una trampa y que mientras exista nuestra noción lineal del tiempo, el futuro siempre será futuro, siempre será mañana. El futuro, inalcanzable, es solamente una promesa, es la zanahoria delante de los ojos a la cual perseguimos sistemáticamente sin detenernos a mirar al lado del camino. Finalmente comprendí que aquella tortuga no había llegado por azar, había venido a mostrarme la lección de que por estar pendiente de mañana, me había desenfocado de lo que estaba viviendo, aquí y ahora. Lección que atesoraré para el resto del viaje.

Luego de sacarnos una foto en el nido que lo bautizamos como el auténtico “Monumento al Boludo”, decidí que ya era demasiado, que no podía aceptar la derrota de brazos cruzados. “Algo” tenía que hacer, al menos debía encontrar al tipo que arma los nidos. Tomé la mochila y salí a buscarlo por la playa. Efectivamente, a los diez minutos lo encontré clavando cañas en la arena. En la primer charla, nos contó que se llama Diego, que es biólogo marino y trabaja en Equilibrio Azul, una ONG que se dedica a la protección y conservación de las tortugas marinas y sus nidos. Le preguntamos si podíamos colaborar con ellos, con lo que fuere. Los ojos se le encendieron. “Estamos necesitando voluntarios urgente para patrullar por las noches, somos muy pocos y nos vendrían muy bien. Podrían salir conmigo si quieren y si tienen suerte encontrarnos una tortuga anidado”. Si, así fácil era!

El monumento al boludo.

El monumento al boludo.


EL APRENDIZAJE

Esa misma noche, a las 2 am, salimos de nuestra carpa para encontrarnos con Diego que nos esperaba con su linterna y su bastón en la oscuridad de la playa. Hacía frío y lloviznaba un poco. “Es duro el trabajo ¿no? dijo. Era duro, los patrullajes significaban largas caminatas en la madrugada, de 7 kilómetros sobre la arena, de noche y muchas veces bajo un clima un poco hostil. Pero a nosotros no nos importaba y comprendí que hasta el trabajo más difícil puede ser placentero, cuando uno ama lo que hace.

Y fue tan así, que esa misma noche, como un guiño del destino, como un “bien pibe, la cosa es por acá”, en nuestro primer patrullaje encontramos lo que habíamos venido a buscar y mucho más. En medio de la noche, vimos un rastro, lo seguimos y nos encontramos con una tortuga anidando. Nos dijeron que tuvimos mucha suerte, que como la encontramos recién llegando, pudimos ver el proceso completo, algo que no ocurre muy a menudo. Primero cavó el pozo con su aletas traseras y luego puso 110 huevos que serán futuras tortuguitas al cabo de dos meses. Yo estaba tan encantado que me costaba prestar atención a los pedidos de ayuda de Diego para hacer las mediciones y procedimientos de rigor.

Pero eso no fue todo. Desde que comencé el viaje me había propuesto ver Plancton fluorescente. No pregunten por qué, ni siquiera es un deseo, es una obsesión. Es una de esas cosas de la naturaleza que me maravillan y que quiero poder tener en frente, como algún día la aurora boreal. Es más, en medio de la caminata le había preguntado a Diego, ya que es biólogo marino, dónde y cómo podía verlo. “Mirá, acá tenes el plancton” y acarició el caparazón de la tortuga que se encendió como una luz de neón. No podía creerlo. Todo nos sucedió de manera tan increíble que esa mañana (terminamos de día) nos fuimos a acostar agotados pero felices y un poco asustados, creyendo que aquello que llamamos destino es más real de lo que a veces creemos.

La mejor foto que pude sacar en completa oscuridad

La mejor foto que pude sacar en completa oscuridad

De allí en más, me convertí en una especie de Mitch Buchannon tortuguero, flaco y sin malla roja. Junto a Diego y Equilibrio Azul, todas las noches recorrimos las playas en busca de anidaciones, trasladamos nidos en peligro de su lugar natural al vivero. Rescatamos y devolvimos al mar a tortugas lamentablemente heridas por el maltrato de los barcos pesqueros, pero sobre todo aprendimos mucho. Aprendimos que una tortuga pone aproximadamente 100 huevos por nido, de los cuales muchos no llegan a nacer y otras mueren en el camino hacia el océano por los depredadores naturales o por el más salvaje de todos, el hombre. Se estima que solo una de cada mil que nacen, llega a ser adulta. Por ello aprendimos lo frágil que puede ser la naturaleza y lo importante que es la inmediata toma de consciencia del hombre por protegerla y vivir en armonía con ella.

Así la dejaron los pescadores, de un palo en la cabeza

Así la dejaron los pescadores, de un palo en la cabeza

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LA RECOMPENSA

Dicen que cuando se trata de soñar, hay que hacerlo lo más alto posible y yo soñaba con ver un nacimiento, lo soñaba con todas mis fuerzas. Desde que una tortuga pone los huevos bajo la arena, transcurren alrededor de 60 días hasta que el nido hace eclosión y salen todas las tortuguitas juntas con rumbo al océano. El nido registrado más próximo a nacer, tenia fecha para mi último día en Portete, pero para que no me ilusione demasiado, me habían anticipado que por las condiciones climáticas podía extenderse hasta 85 días y que en todo caso, el nacimiento era muy difícil de ver si no está en cautiverio, ya que puede ser en cualquier momento del día o la noche. Tanto era así, que Diego me confesó que nunca había visto uno de forma natural. Igualmente,por las dudas, yo pasaba todos los días a verlo, ya que dicho sea de paso, me quedaba en el camino al puesto de batidos de coco, al que me había hecho consumidor compulsivo.

Una mañana, cuando llegué a casa de Diego, me encontré con una sorpresa. “Mira lo que hay en el balde” me dijo. Me asomé y vi una tortuga bebé correteando con sus pequeñas aletas en círculos. “La encontraron a ella sola, era un nido que no teníamos registrado”. La tomé en mis manos y la miré maravillado, pensando que todo era demasiado perfecto. Ella, como un milagro que me regalaba la naturaleza para compensar mi deseo de ver un nacimiento.

increíble!!!!

increíble!!!!

Por la tarde, la soltamos al mar en presencia de todos los niños del pueblo. Yo estaba enormemente feliz, conectarme nuevamente con el viaje y conmigo mismo me había dado muchas más satisfacciones de las que esperaba, muchos más premios de los que merecía. Aquella última tarde en la isla, nada era mejor que festejarlo con un buen batido de coco. Como de costumbre, y de forma casi mecánica como cada vez que iba a tomarme un batido, me acerque a verificar el nido, cuando vi desde lo lejos que había un leve hueco en el centro. Me acerqué, y volví a pestañear un par de veces porque no pude creer lo que mis ojos observaban. Lo que vi fue esto:

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Fueron más de dos horas de “trabajo de parto” y 103 tortuguitas bebés que nacieron de forma natural. Las ayudamos a salir, las medimos y las contabilizamos en una caja. Mientras tanto, empezaron a acercarse algunos que andaban caminando por la playa. A todos, incluso a mí, se les dibujó una sonrisa permanente en el rostro de la emoción y la ternura que transmitía aquel espectáculo de la naturaleza.

Yo elegí a una, a la primera en salir, como mi preferida y me puse a jugar con ella. Era la más pequeña e inquieta de todas. Jugué, sonreí y fui tan feliz como niño. A la hora del ocaso Diego, me entregó la caja, el honor y la maravillosa experiencia de llevarlas hasta la orilla y soltarlas yo mismo al mar, algo que quedará grabado en mi retina y en mi alma para toda mi vida.

Diego trabajando de "partero"

Diego trabajando de “partero”

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Nunca había visto nada igual, todo lo que deseas se cumple, vas a tener que desear ganar la lotería” me dijo Diego al final del día. Entonces recordé la frase de que “el universo conspira para los soñadores” y la lección que me había dado una tortuga aquella mañana de desilusión. Que era cuestión de seguir soñando y nunca darse por vencido.

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DATOS ÚTILES PARA POTENCIALES VIAJEROS

  • La moneda oficial de Ecuador es el dólar estadounidense.

¿Cómo llegar?

  • Para llegar a la Isla de Portete deben hacerlo desde Mompiche, en el departamento de Esmeraldas. No hay buses, pero está muy cerca. Pueden tomar un mototaxi, hacer dedo o caminar unos 30 minutos. Llegan hasta la orilla. Como la isla está casi pegada al continente deben subirse a una canoa que los cruza no más de 150 metros y cuesta u$s 0,50.

¿Dónde dormir?

  • La isla es muy pequeña pero tiene varios tipos de alojamientos. Desde un Decameron All Inclusive (de polémica presencia en el lugar) hasta algunas cabañas (u$s 15) y campings (u$s 5) en el pueblo. También pueden acampar directamente en la playa ya que es un sitio muy seguro.

¿Qué comer?

  • Comer en la isla puede ser un poco costoso. Los restaurantes de la playa cobran aproximadamente u$s 5 el plato de mariscos o pescado. También hay ceviches por el mismo precio. Los batidos de frutas cuestan u$s 1.
  • En la isla hay una sola tienda, y no siempre suele tener todos los productos. Consejo: Lleven algunas provisiones desde Mompiche, o mejor si pueden comprar en Atacames que es mucho más barato.

Sobre Equilibrio Azul

  • Si quieren trabajar como voluntarios en Equilibrio Azul, pueden consultar su página web www.equilibrioazul.org, o presentarse allí con buena predisposición y voluntad.
  • Los biólogos todavía están estudiando cual es la temporada exacta de anidación de tortugas, pero creían que en el momento que fuimos nosotros, septiembre y octubre, era el pico más alto.

(Video de la página www.equilibrioazul.org)