«Mi decisión fue ir a buscarlo,
más allá de toda la gente del mundo»
(El viejo y el mar, Ernest Hemingway)

Nunca me gustó pescar. Las artes que requieren la virtud de la paciencia no son las indicadas para mí. Yo necesito algo con acción, con más movimiento que sentarse en un muelle a esperar por horas que algo pique o que no suceda absolutamente nada. La única vez que fui de pesca fue con mi abuelo cuando tenía diez años. Me llevó unos días con sus amigos al Tigre (un hermoso delta muy cerca de Buenos Aires) dónde sólo pude registrar la paupérrima producción de dos mojarritas y la ansiedad de que por fin esté listo el asado.

Se llamaba Don Abelardo y fue la persona más maravillosa que conocí. Teníamos una relación intuitiva, cómplice, pura y leal, de esas que no abundan en el transcurso de la vida. Estoy convencido de que buena parte de lo que soy (o al menos eso intento) es toda la herencia que me ha dejado. Es que nunca se lo dije, pero ha sido como un padre para mí. Creo que en el fondo, él lo sabia. Ambos lo sabíamos.

No estaba pensando en la pesca cuando elegí ese libro. Tampoco estaba pensando en mi abuelo. Lo compré en una de las tantas librerías de Lavalle, bien cerca de Florida, dos o tres días antes de emprender mi viaje. Siempre tuve problemas para elegir libros, no sé cómo se hace. No sé si es por la tapa, por la reseña, por el título, por el autor. No sé. No es como comprar un pantalón que uno lo ve, le gusta y se lo lleva. Con un libro no. ¿Cómo es que uno entra a un negocio y entre miles de publicaciones compra una, sin haberla leído?

Puerto López, Manabí, Ecuador.

Puerto López, Manabí, Ecuador.

En verdad, no se qué me llevó a elegirlo. No fue la temática, que la desconocía completamente. Además, como les dije, nunca me gustó pescar. Sólo sabía que quería leer algo de Hemingway. Como futuro viajero, me intrigaba la idea de un tipo que nació en Estados Unidos,  vivió en París y decidió morir en La Habana. Debo reconocer que no soy un gran lector, me cuestan las novelas largas. Me asustan antes de abrirlas. Me cansan, no tengo paciencia. También seguramente, mi imposibilidad de sostener la atención durante mucho tiempo en una sola cosa, me llevó a inclinarme por un libro bastante corto pero que iba a dejarme su marca para siempre.

Lo empecé en Barcelona pero no recuerdo dónde lo terminé. La historia es muy sencilla. En algún puerto de Cuba hay un viejo pescador llamado Santiago. Hace mucho tiempo que no pesca nada aunque sigue embarcándose todas las mañanas en su pequeño bote con la ilusión, la meta y la convicción de que algún día pescará el pez más grande que se haya visto. Por supuesto, todos piensan que el viejo es un fiasco y que jamás logrará su cometido. El único que cree en él es un muchacho, su discípulo. El viejo le ha enseñado todo sobre el mar, pero por sus sucesivas derrotas, los padres lo han obligado a trabajar con otros barcos. Aún así, él sigue confiando en la sabiduría de su maestro. Santiago se introduce sólo en el mar, dónde mantiene durante días una lucha despiadada contra un pez espada de un tamaño inimaginable.

Hemingway siempre sostuvo que sólo escribió una historia sobre su afición a la pesca, pero lo cierto es que nunca imaginé lo que había dentro de esas páginas. Nunca imaginé que sin saber había elegido un libro que me decía las palabras exactas, en el momento indicado: «un hombre puede ser destruído, pero no derrotado». A través de cada uno de sus párrafos, me hablaba de que más allá del éxito, la eterna persecución de los sueños es la única y la más digna manera de vivir.

Pero lo más curioso de todo fue cuando me di cuenta que estaba usando la única foto de joven que guardaba de mi abuelo (y que me había llevado al viaje) como señalador y más aún que en la imagen él está armando un anzuelo. El viejo y el mar me regaló su mejor coincidencia cuando logró que estando ahí, sentado a orillas del Mediterráneo, pueda reencontrarme por un rato con Don Abelardo. Cualquiera pensaría en la analogía de que él sería el viejo y yo el muchacho, pero aunque nunca me gustó pescar, hoy me gustaría contarle sobre el día atrapé ese gran pez.

Barceloneta, España.

Barceloneta, Barcelona, España.

«Se quedó dormido enseguida y soñó con Africa, en la época en que era muchacho y con las largas playas doradas y las playas blancas, tan blancas que lastimaban los ojos, y los altos promontorios y las grandes montañas pardas.»  Luego de escribir El viejo y el mar, Hemingway se fue de Safari al África.

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