Cuando Ambrosio, nuestro anfitrión en San Basilio, nos invitó a un velorio, nos pareció tan extraño que, por respeto, casi desistimos. Es que a lo largo de nuestro viaje, hemos celebrado muchos cumpleaños, Navidad con una familia venezolana, Año Nuevo junto a una comunidad de viajeros en Panamá, el Día de la Madre en Colombia y hasta fuimos invitados a una fiesta de quince en Buga y un casamiento en Marruecos, pero jamás imaginamos que nos iban a invitar a un velatorio! No sabíamos qué hacer. Seríamos dos extraños, extranjeros y blancos recién llegados al pueblo, en un evento demasiado privado y personal que, dicho sea de paso tampoco resultaba un plan muy tentador para un domingo por la tarde. Finalmente, luego de tantas suposiciones, resultó que aquel funeral no estaba ni cerca de lo que teníamos en mente.

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El rito más importante de la cultura palenquera (y africana) es el Lumbalú, el ritual de los muertos, que obviamente se celebra cuando alguien fallece en San Basilio, durante nueve días y nueve noches. Por mi profesión (soy comunicador social) he leído varios escritos antropológicos sobre ritos funerarios, pero jamás pensé que me iba a tocar estar presente en alguno de ellos.

Eran alrededor de las cinco de la tarde. Los repiques de los tambores nos llevaron directamente a la plaza dónde ya había bastante gente reunida, incluido Ambrosio. Nos asomamos entre el tumulto. En el centro podía verse a unos cuántos tamboreros tocando y hombres y mujeres mayores revoleando sus machetes o sus polleras. También había mucho alcohol que circulaba de mano en mano y como consecuencia, algunas discusiones. La música se interrumpía constantemente en medio de un caos general donde cada uno quería imponer su postura a grito pelado.

De repente, desde la iglesia salió una caravana y el desorden se corrió hacia los costados, dejando vía libre sobre la calle que llega hasta la puerta del cementerio. Al frente, encabezaba una niña hermosa que llevaba en sus manos una canasta de flores amarillas, nerviosa por tamaña responsabilidad. La seguían, algunas parejas de ancianos realizando extrañas danzas africanas, de esas que tienen tal conexión con la tierra que levantan una polvareda del suelo y un viejo que llevaba, firme como una estatua, un crucifijo tallado en madera. Era un gigante de casi dos metros, negro de rasgos cuadrados, las marcas de una vida dura en su piel y la solemnidad de la muerte tatuada en sus rostro. Luego se nos presentaría como el Guardia Cimarrón (una autoridad en la organización social).

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Detrás de él, un grupo de jóvenes llevando en andas el cajón, al cual otros se le acercaba para tocarlo, para rociarlo en ron o bailarle debajo. Un grupo de mujeres lloronas lo acompañaban, llorando, gritando, y lamentándose como un disco rayado. En muchos rituales funerarios, la creencia dice que mientras más se llore al muerto, más posibilidades tiene de descansar en paz. Por ello, existen las “lloronas”, mujeres (a veces pueden ser contratadas) que lloran exageradamente como parte del ritual.

Por último, los tamboreros, repicando el ritmo del Lumbalú, con el pregonero recitando estrofas alegóricas. El tambor no sólo tiene un valor musical sino también un sentido comunicador entre las comunidades: “Desde allá lejos escuchan el Pechiche (tambor) y saben que en San Basilio hay muerto”, dice una señora.  Junto a ellos, otros bailarines cada vez más extraños: Son hombres vestidos de mujeres, con pelucas y trajes de todos colores.

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Los seguimos por el camino hasta que se metieron en el cementerio. Todo era demasiado inquietante para nosotros. La soledad de la niña de las flores mientras la gente se cruzaba y discutía, el viejo de la cruz que con un sólo gesto de ojos ordenaba que se corrieran del camino, el ron que bañaba el cajón del muerto, los bailes exacerbados y desencajados, el ir y venir de los machetes, los hombres vestidos de mujeres, el polvo y el sonido del tambor mezclado, las carcajadas de los borrachos, el ruido del tumulto, el golpetear de los pies contra el piso y los gritos desgarrados de las lloronas, hacían de ello una escena escalofriante.

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En medio de ese alboroto se nos aparece un negro con peluca azul, vestido naranja y labios pintados de rojo que con la voz más grave que escuché nos dijo: “Un gusto, mi nombre es Pedro. ¿De dónde son ustedes?” Para ese entonces yo ya estaba estupefacto. ¿Cuántas locuras más pueden suceder en este lugar?

Le conté brevemente que éramos argentinos dando la vuelta al mundo y se solidarizó con la causa. “Vayan a lo de la viuda. Hay buena comida. Mataron una vaca para hoy”, dijo guiñándonos el ojo derecho. Nos pareció un tanto inapropiado, al fin y al cabo,  y más allá de las diferencias, aquello no dejaba de ser un velorio. Pero que va! Ya estábamos en el baile y sinceramente esas cosas son las que buscamos experimentar en el viaje. Lo peor que podía pasarnos era que nos echen a patadas y tener que vernos con todo el pueblo. Llegamos hasta la casa, repleta de gente que entraba y salía. Nos costó, pero nos animamos. Entramos. Todos nos seguían con la mirada, éramos los únicos extraños y sobre todo blancos, que resaltábamos como si tuviéramos una luz cenital. Una señora que estaba sentada me seguía fijamente con la mirada. Yo posé mis ojos sobre ella, me miró, la miré y me gritó:

– “¿Ya comieron?”
– No, pero no se haga problema doña…
– ¿Cómo que no comieron? Espere que ya le buscamos, siéntese hombre! ¿De dónde son?

A los cinco minutos una chica nos traía una bandeja enorme del plato tradicional del lugar: Mojarra frita, plátano maduro y un arroz con coco exquisito. Comimos ante los ojos expectantes de los palanqueros esperando nuestra aprobación sobre el manjar culinario de las cocineras. En ese instante llegó Pedro que se unió a la reunión. Le preguntamos quien se había muerto y nos contaron que era un viejo conocido, un músico muy respetado de ochenta y pico de años. Por eso, la viuda, había pedido que haya más música que lo habitual en el rito del Lumbalú. “Se fue un gran hombre”, dijo Pedro que con un extraño razonamiento argumentó: “Cuarenta años casado y nunca le pegó a la mujer.” Al rato, los músicos nos invitaron a beber ron y sólo para nosotros (porque el ritual ya no se lo permitían) tocaron algunos temas más.

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Recién llegábamos San Basilio y no parábamos de sorprendernos. Es que nuestra idea de un funeral es la de un acto solemne, trágico e íntimo, mientras que en cultura palenquera, la muerte es un motivo de fiesta y es un acto esencialmente social. El muerto le pertenece a la comunidad, que es la que lo despide.

Pasamos un buen rato con ellos y nos invitaron para el día siguiente. Nos dijeron que éramos privilegiados por poder presenciar un Lumbalú tan de cerca. No lo dudo. Ya era de noche, nos miramos y mentalmente nos dijimos: Estamos en un velorio y somos el centro de atención. ¿Cómo fue que terminamos acá? Nunca lo sabemos, es la maravilla de viajar. Demasiado para el primer día.

Ver el post sobre San Basilio del Palenque: Libres!

Más info sobre el Lumbalú:

DATOS ÚTILES PARA POTENCIALES VIAJEROS

La moneda oficial de Colombia es el Peso Colombiano. (1950 Pesos = 1 dólar

CÓMO LLEGAR:

Llegar a San Basilio no es difícil. Hay un bus directo desde el Terminal de Cartagena, pero tiene muy poca frecuencia (Uno por la mañana y uno por la noche). Lo más sencillo es lo siguiente: Desde “afuera” del Terminal de Cartagena, tomar un bus a Mahates (6000 COP) y bajarse en el cruce de Malagana en Cruz del Viso. Allí mismo, subirse a un mototaxi (2500 COP) que en 15 minutos lo dejará en la plaza del pueblo.

DÓNDE DORMIR:

Alojarse es muy barato si no tienen demasiadas pretensiones de comodidad. En San Basilio no hay hoteles, ni hostales. Algunas personas alquilan sus habitaciones, les recomiendo preguntar por Ambrosio, él les puede rentar una habitación ya que que le gusta recibir turistas en su casa y compartir su cultura con ellos.

QUÉ HACER:

Probar algunos manjares de su cocina tradicional. No dejen de comer arroz con coco hecho por alguna señora del lugar. Es simplemente exquisito!

Sólo estar en San Basilio y vivir su cultura es una grandiosa experiencia en sí misma. Conozcan a su gente y hablen con ellos, tienen cientos de historias mágicas para contar. Si tienen suerte, pueden llegar a presenciar algún tipo de ritual como el Lumbalú (ritual funerario).

La música es algo que no pueden dejar de conocer. De Palenque salen los mejores tamboreros de Colombia, que luego representan al país internacionalmente. Pueden acercarse a la Casa de la Cultura a presenciar algunos ensayos de música y danza.

En los primeros días de Octubre se celebra el “Festival de Tambores” de San Basilio. Es el evento más importante de la comunidad, que para esa fecha recibe a cientos de turistas de todo el mundo.

Más información sobre Palenque: www.palenquedesanbasilio.com