“Del Potomac al Río de la Plata, los esclavos edificaron la casa de sus amos, talaron los bosques, cortaron y molieron las cañas de azúcar, plantaron algodón, cultivaron cacao, cosecharon café y tabaco y rastrearon las causes en busca de oro. ¿A cuántas Hiroshimas equivalieron sus exterminios sucesivos?” (Eduardo Galeano)

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UN TAL BENKOS

Cuando el mototaxi nos dejó frente a la estatua de Benkos Biohó, supe que estaba en un lugar especial, de esos difíciles de entender y por consiguiente, de olvidar. Arribábamos a San Basilio del Palenque un domingo por la tarde sin saber demasiado que nos esperaba. Sólo sabía, y para mí ya era suficiente, que llegábamos a una comunidad negra (o “afrodescendiente” como les gusta decir a los políticos en campaña) y para serles sincero la idea de vivir unos días allí me inquietaba bastante. No sabía dónde íbamos a caer, ni cómo nos iban a recibir.

Ahora bien, sé qué se estará preguntando, no crea que se me pasó de largo: ¿Quién es este tal Benkos para tener una estatua? Bueno, es uno de esos próceres de los cuales la historia, silbando bajito, se ha hecho la distraída, una de esas páginas arrancadas del capítulo de la liberación latinoamericana. Si usted lector quisiera conocer con mayor exactitud sobre la historia oficial de San Basilio y su fundación, puede investigarla por su cuenta, se lo recomiendo. En cambio, aquí, yo voy a narrarles una leyenda tal cual me la relató un anciano palenquero en la puerta del cementerio. Quizás no sea la más verídica ni la más acertada, pero qué importa, es la que me gustó y la que prefiero contar. 

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– “Escúcheme. Yo le voy a contar la verdadera historia de Benkos, caballero” – dijo mientras se acomodaba la boina y la oscuridad del atardecer, que ya le iba dejando lugar a la noche, resaltaba las dos circunferencias de sus ojos como focos – “Pasó que hace largo tiempo, en la época de la colonia, los españoles nos traían a los negros del África como vacas. Fíjese. Decían que los indios eran bastante vagos comparados con nosotros, que éramos más fuertes, más trabajadores y más sumisos. ¿Me entiende?”

Los africanos eran sumisos por obra del miedo y la superstición. Imagínense el choque que significaba para ellos, ser arrancados de sus tribus y su entorno natural, para ser metidos en grandes barcos y llevados al puerto de Cartagena; donde los vendían como mercancía y los obligaban a trabajar como esclavos para hombres blancos, que nunca habían visto, en un mundo tan nuevo, diferente y aterrador que jamás hubiesen imaginado que existiera.

“Muchos de los esclavos provenían de la selva y no habian visto nunca el mar; confundían los rugidos del océano con los de alguna bestia sumergida (…) creían, y en cierto modo no se equivocaban, que iban a ser llevados como carneros al matadero, siendo su carne muy apreciada por los europeos.” (Eduardo Galeano)

– “El negro es supersticioso, cree en muchas magias, ¿me entiende?”   me clava la mirada y entiendo que aún él lo sigue creyendo – “Entonces no se dejaba morir. Trabajaba. Más le pegaban, más trabajabaPero hubo un negro grande ¿sabe? Benkos Biohó, el gran cimarrón – mientras tanto otro anciano que estaba sentado a su lado asentía con la cabeza – que se negaba a trabajar…”

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– “Una y otra vez los españoles lo azotaban, lo enjaulaban, lo ataban con unas de esas cadenas que van en los pies. ¿Usted sabe, caballero?” – “Grilletes”, le digo. – “Claro, eso mismo. Pero el negro no se dejaba vencer, resistía! Hasta que un día se escapó y llegó hasta aquí, al palenque, y aquí se quedó y se juntó con otros negros. Los españoles empezaron a buscarlo y a atacarlo pero Benkos resistía. Tan fuerte se había hecho que hasta vinieron estos conquistadores a negociar con él y los recibió aquí mismo, fíjese. Pero, ¿cómo le digo? Usted sabe que Benkos tenía poderes. Poderes sobrenaturales y que cuando estaban por capturarlo se hacia invisible. Entonces los conquistadores le decían que se entregue y él podía hablarles desde la oscuridad y les dijo que no iba a parar hasta liberar a todos los esclavos de Cartagena!”  – Gritaba emocionado con su voz ronca y su acento cimarrón se marcaba cada vez más. – Además, como era invisible ¿vió?, podía entrar a las celdas y soltarles las cadenas a los negros y los traía pa’ acá, pal Palenque. Y así fue que pasaron los años y los españoles no pudieron con estos negros. Por eso San Basilio fue el primer pueblo libre de América.”

CRUZAR EL PUENTE

Desde entonces, el Palenque ha sido un oasis africano en América. Aquí absolutamente todos los habitantes son negros (éramos los únicos blancos del pueblo) descendientes de esclavos provenientes de Zambia, Congo y Angola que escaparon del régimen colonial. Hablan su propio idioma, o mejor dicho su dialecto. El palenquero es una extraña mezcla del español con lenguas africanas que fue declarado Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, con lo cual recibe de la UNESCO una serie fondos para su conservación y desarrollo que, obviamente según la lógica de la política latinoamericana, se desvían en algún punto de la burocracia local y nunca llegan a la comunidad. Aquí por mucho más de 300 años, estas personas han reconstruido y vivido sus vidas, respetando los rituales, las costumbres y una cierta organización social y jerárquica, similar a las de sus tribus de África. 

Por ello, Palenque es su oasis. Es la nostalgia, la esperanza y las ansias de aquella tierra prometida. Es el brillo en sus ojos cuando hablan de aquel lugar eterno, del cual a pesar de ni lo conocen, no se han ido nunca.

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En San Basilio, no hay mucha afinidad al turismo (por suerte!), no hay hoteles, ni hostales, ni ningún tipo de alojamiento, por ello nos fuimos a lo de Ambrosio, uno de los pocos palanqueros que reciben algunos mochileros. Ambrosio nos abrió las puertas de su casa para que estemos “todo lo que queramos”. Le pregunté cuánto nos cobraba por quedarnos unos días: “No sé, a mi no me gusta eso. Lo que diga su corazón.” Finalmente nos dimos cuenta que lo que en realidad le importa, es que gente de otros lugares puedan conocer y valorar su cultura. Nos instalamos (nos tocó dormir en el piso, porque Ambrosio no tenía más camas) y nos dijo que si queríamos él debía ir a un velorio, que nos encontrábamos allá. Nos pareció extraña aquella propuesta, pero resultó que aquel funeral no estaba ni cerca de lo que teníamos en mente. Pero eso es otro cuento, una historia para el próximo capítulo.

Salimos a dar una vuelta. El pueblo es un ir y venir de almas que parecieran que deambulan sin rumbo fijo en la desolación del calor insoportable del mediodía. Algunos hombres se sientan a la sombra de un árbol de la vereda a ver pasar la vida. Los niños, que son muchísimos, corretean junto a los chanchos y las gallinas que andan sueltas en las calles polvorientas. Mientras tanto, las señoras nos miran desde la oscuridad del interior de sus casas casas de barro y techos de palma, que son la reliquia de un tiempo pasado y la realidad de la pobreza de hoy. Muchos, se tapan la cara cuando pasamos a su lado con la cámara de fotos. El turismo puede ser una amenaza y todo “gringo”  lleva a fuego la marca de la colonia.

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Justo cuando pensábamos que el terreno se nos presentaba demasiado hostil, el cielo se puso opaco, luego oscuro, luego negro, se largó uno de esos famosos aguaceros tropicales y de repente todo cambió para siempre. Los palenqueros empezaron a salir de sus casas al medio de la calle, a mojarse, a correr y a saltar gritando: “¡Llueve, llueve!” – como si aquello fuese un acontecimiento divino. Nosotros, que estábamos refugiados en un techo que encontramos, nos contagiamos y nos sumamos. Se nos acercaron un grupo de niñas a jugar, porque la lluvia es un elemento de juego, de alegría. Jugaban con los chorros que caían de los desagües, chapoteaban con los charcos del piso, posaban para las fotos abrazándose con sus amigas. Sus rostros emitían una sonrisa que era la evidencia irrefutable de una felicidad plena. Un señor se nos acercó saludarnos y sacarse una duda existencial: “¿Ustedes están viviendo acá?”

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Con la lluvia y la llegada del atardecer, aparecieron los primeros signos de vida humana y la amabilidad de Palenque. Pareciera que la temperatura actúa en cierta forma sobre el humor de las personas, no tengo dudas. La gente copó la plaza principal para tomar una cerveza, charlar, jugar al fútbol o tocar tambores, la pasión local.

Es que más allá de su dialecto, la música es el verdadero lenguaje y es parte esencial de la vida del Palenque. Las doñas cantan Bullerengue mientras estrujan el coco para el arroz. Los hombres entonan un Son o Chalupa mientras trabajan en el campo y los tambores del Lumbalú, anuncian a los caseríos cercanos que “en San Basilio hay muerto.” Hasta su hablar corriente tiene una cadencia melódica envidiable. Todo esta mediatizado por la música, todo lo hacen cantando o tocando sus tambores. Está en sus venas, desde que nacen hasta que mueren y se transmite empíricamente a través de generaciones. El Tambor Mayor y el Pechiche, fabricados por ellos mismos, son elementos sagrados. Son la herencia de los “abuelos”, como les gusta decir a muchos.

Por ello, me corrijo, San Basilio no es un oasis, sino más bien un puente. Un puente a la libertad. Porque aunque sea aquí, en este recóndito y miserable pueblo rodeado de ciénagas y polvo, ellos son libres. Y lo son si finalmente la libertad es la plenitud que da la felicidad de ser lo que realmente uno es y la posibilidad de hacer lo que se ama. 

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DATOS ÚTILES PARA POTENCIALES VIAJEROS

  • La moneda oficial de Colombia es el Peso Colombiano. (1950 Pesos = 1 dólar

CÓMO LLEGAR:

  • Llegar a San Basilio no es difícil. Hay un bus directo desde el Terminal de Cartagena, pero tiene muy poca frecuencia (Uno por la mañana y uno por la noche).
    Lo más sencillo es lo siguiente: Desde “afuera” del Terminal de Cartagena, tomar un bus a Mahates (6000 COP) y bajarse en el cruce de Malagana en Cruz del Viso. Allí mismo, subirse a un mototaxi (2500 COP) que en 15 minutos lo dejará en la plaza del pueblo.

DÓNDE DORMIR:

  • Alojarse es muy barato si no tienen demasiadas pretensiones de comodidad. En San Basilio no hay hoteles, ni hostales. Algunas personas alquilan sus habitaciones, les recomiendo preguntar por Ambrosio, él les puede rentar una habitación ya que que le gusta recibir turistas en su casa y compartir su cultura con ellos.

QUÉ HACER:

  • Probar algunos manjares de su cocina tradicional. No dejen de comer arroz con coco hecho por alguna señora del lugar. Es simplemente exquisito!
  • Sólo estar en San Basilio y vivir su cultura es una grandiosa experiencia en sí misma. Conozcan a su gente y hablen con ellos, tienen cientos de historias mágicas para contar. Si tienen suerte, pueden llegar a presenciar algún tipo de ritual como el Lumbalú (ritual funerario).
  • La música es algo que no pueden dejar de conocer. De Palenque salen los mejores tamboreros de Colombia, que luego representan al país internacionalmente. Pueden acercarse a la Casa de la Cultura a presenciar algunos ensayos de música y danza.
  • En los primeros días de Octubre se celebra el “Festival de Tambores” de San Basilio. Es el evento más importante de la comunidad, que para esa fecha recibe a cientos de turistas de todo el mundo.
  • Más información sobre San Basilio: www.palenquedesanbasilio.com