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La clave del éxito es la insistencia, dicen. Casi como un capricho de viajero, nuestro plan estaba claro: Había que ir a Centroamérica cueste lo que cueste. Estaba tan cerca que podía tocarla mentalmente, no podía dejarla escapar. Pero cuanto más la deseaba, más se me hacia esquiva, como una chica que nos coquetea pero no se deja besar.

Para los que nunca han viajado por estas latitudes les cuento: El cruce a Panamá es el “cuco” de todo mochilero. De Colombia hacia el norte las rutas terrestres se interrumpen por el famoso Tapón de Darién, una extensa zona de selva virgen e impenetrable, donde lo mejor que pueden encontrar son serpientes o guerrilleros. Entonces sucede que las opciones para pasar a Centroamérica se reducen a hacerlo por mar o por aire y dentro de ellas, un sinfín de opciones de distinta escala precio-padecimiento-peligrosidad. Los vuelos desde Bogotá son impagables para nuestro presupuesto y las largas travesías en barco desde Cartagena, de alrededor de 150 dólares, no son muy convenientes si (como nosotros) piensan hacerlo ida y vuelta.

Soñar no cuesta nada.

Soñar no cuesta nada.

Más de un mes me costó, encontrar un precio razonable para cruzar a Panamá. Nos habían asegurado que desde Venezuela había increíbles ofertas de vuelos pero las vísperas de navidad y año nuevo complicaba las cosas. Ya lo habíamos convertido en una especie hábito: Periódicamente entrábamos a las páginas webs de las aerolíneas y nos encontrábamos con todos los boletos agotados. Había que probar todos los días y rezar para que se caiga alguna reserva. Hasta que un día, de pura casualidad del destino y gracias al dólar paralelo, apareció una oferta mucho más barata de lo que teníamos pensado. Salimos corriendo ansiosos a las oficinas de Avior, dispuestos a comprar el pasaje con una sonrisa de oreja a oreja. Cuando llegamos, se nos borró la mueca de la cara cuando el vendedor nos dijo que esa oferta no existía y que el precio era más del doble. Nos dijo que le parecía muy extraño ese precio pero que si así aparecía en la página y nosotros comprábamos por la web, él tenia que darnos el pasaje. Otra vez salimos corriendo pero desesperados por una computadora que, después de varias gestiones y que nos prestaran una tarjeta de crédito (gracias Wilder, nuestro Hada Madrina), nos imprimió finalmente nuestro boleto a Centroamérica.

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Volamos un 30 de diciembre, justo para pasar Año Nuevo del otro lado del charco. Luego de tres meses de socialismo venezolano, llegar a Panamá fue como entrar a un microclima de consumo. Sólo con asomarse a través de los cristales del aeropuerto puede verse en los carteles publicitarios que decoran la sala de migraciones. Estamos invitados al gran banquete del capitalismo del cual no podíamos probar más de un bocado. Mc Donalds, Iphones, Tablets, TV Led, DVDs, Tommy, RayBan, Adidas, Nike, son algunas de las delicias del menú.

Allá vamos!

Allá vamos!

En las cadenas de supermercados reina la sobreabundancia, hay tanta variedad y marcas que uno no sabe qué escoger. De los cajeros electrónicos salen dólares, que para un argentino o peor, para un argentino en Venezuela es lo más parecido a una película de Ciencia Ficción. Los artículos electrónicos y la ropa a precios irrisorios gracias a la zona libre, hacen que los turistas aterricen exclusivamente a comprar e irse. Tanto es así, que hay autobuses desde el aeropuerto a los grandes Malls. Panamá es el gran Shopping de Latinoamérica.

Albrook Mall, es uno de los centros comerciales más grandes de América Latina. Allí, el viajero se somete a una prueba de fuego. Cual Cristo en el desierto, uno se expone a las mil tentaciones del mercado y podrá medir exactamente su nivel de consumismo. Está situado frente a la Terminal de autobuses por lo que todos los transportes terminan en su puerta y es un importante punto de referencia de una ciudad (y de un país) que gira en torno al comercio.

Pamamá o NY?

Pamamá o NY?

Tanta es la importancia que tiene el comercio que ha marcado fuego la historia de este país a través del Canal de PanamáAllá a principios del siglo pasado los franceses idearon construir un canal que atraviese el país y de esa manera obtener un preciado paso entre el Océano Atlántico y el Pacífico. Empujados por la crisis y la guerra, llegaron oleadas de inmigrantes europeos, que junto a los negros y aborígenes fueron puestos a trabajar bajo condiciones muy precarias. La explotación y la hostilidad del territorio hicieron lo suyo y llevaron a muchos ellos a la muerte. La obra se hacia más larga y costosa de lo que tenían pensado los emprendedores europeos. Es entonces donde apreció Estados Unidos y propuso financiar la finalización de la obra, a cambio de quedar como dueño del canal y de una buena parte de la ciudad. Así pasaron las décadas, con la ocupación del país del norte, como es de costumbre, en territorios ajenos y usufructuando el gran negocio. Luego de varias revueltas, luchas y mártires, se firmó un tratado para devolverle a los panameños el usufructuó del canal a partir del nuevo siglo. Lo cierto es que el canal, es un verdadero milagro de la ingeniería que vale la pena visitar. Es EL atractivo turístico de la ciudad, donde uno puede aprender como funciona y ver como pasan toneladas y toneladas de barcos (y dólares) por un inteligente sendero acuático.

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Pero Panamá tiene algo más que el comercio y la economía dolarizada. Panamá City es un lugar de contrastes, de encuentros de distintas culturas e idiosincrasias en una misma ciudad.

Empujada por el profundo crecimiento que le dio la recuperación del Canal la ciudad se convirtió en una especie de Tierra Prometida de todos aquellos que quieran hacer negocios, desde pequeños buscavidas hasta los empresarios más multimillonarios. Aquí encontrarán, latinos, chinos, japoneses, turcos, europeos, etc. Desde todas partes del mundo llegan al país a “hacer la (Latino) América”. Aunque junto con esa “sopa de nacionalidades” (y a pesar de la fuerte influencia Norteamericana) convive una cultura auténticamente local. Conviven los modernos Metrobus de boleto electrónico, con los tradicionales Diablos Rojos, unos antiguos autobuses escolares pintarrajeados de todos colores. Conviven los Mc Donalds y Taco Bell junto con las fondas, carritos de pescado frito y chicharrón. Conviven los SuperMalls y los puestos de Caledonia; y el coqueto Paseo de Amador junto a la zona caliente de El Chorrillo.

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San Felipe es el Casco Antiguo de la ciudad de Panamá. Desde el malecón pueden verse los rascacielos al otro lado de la bahía, pero aquí el tiempo parece haberse detenido. Es cierto que es principalmente turístico pero si uno se aleja algunas cuadras se encuentra con un barrio que aún mantiene esa mística popular, ese aire colonial y esa sazón tan caribeña que me hace recordar tanto a La Habana. Es un oasis frente a tanto progreso.

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De sus balcones resquebrajados, retumba la mejor Salsa de Rubén Blades (hijo pródigo del barrio) mientras uno empieza a creer seriamente que puede encontrarse a Pedro Navaja a la vuelta de cualquier esquina. A pocos metros se consigue pescado del bueno y a precios muy tentadores en el Mercado de Mariscos, donde se pueden degustar deliciosos ceviches y copas de camarones.Pareciera que detrás de cada puerta de madera se esconde una historia y en cada pared se escribe otra a través del Arte Urbano. Uno puede hacer un gran paseo por el barrio con la consigna de observar la sorprendente cantidad y calidad de graffitis y murales que decoran las calles. Cuando cae la noche, alguna pareja baila en alguna de sus calles adoquinadas, mientras las vecinas “toman aire” y bromean sentadas en sus mecedoras en la vereda.

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Al final, por más rascacielos y autopistas que se construyan, cada lugar tiene un alma que tiene la forma de su gente. Cálidos, amables, pacíficos y serviciales, así son los panameños, y así es el alma de Panamá más allá del Free Shop. Son pura alegría,con esa tonada tan particular y siempre con una sonrisa, como si llevaran el ritmo de la Salsa en la cara. Toda cultura se define por su lenguaje, y aquí se tratan de usted pero aún se usa el “mi amor”.

Vine a Panamá a encontrarme con la frivolidad del progreso y me llevé la calidez de su pueblo. Como diría Rubén, la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida.

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DATOS ÚTILES PARA POTENCIALES VIAJEROS

Avior Airlines ofrece ofertas de vuelo desde Venezuela que al cambio paralelo pueden costar alrededor de 100 dólares ida y vuelta.

La moneda oficial de Panamá es el Balboa, pero sólo existen monedas para representar valores menores a u$s 1. En realidad en todo el país circula el dólar americano como la moneda corriente. De cualquier cajero electrónico se extraen dólares.

Alojamiento:

Panamá ofrece desde hoteles 5 estrellas hasta pensiones. Una cama en habitación compartida en un hostel en el Casco Antiguo cuesta alrededor de u$s 11.

Transporte:

Hay un nuevo sistema de Metrobus, cada viaje cuesta u$s 0.25. Para utilizarlo se debe comprar una tarjeta electrónica (u$s 1, por única vez) que se recarga con el valor que deseen en los puestos autorizados.Los Diablos Rojos son los antiguos trasportes urbanos que aún circulan, cuestan lo mismo que el Metrobus, pero no requieren tarjeta.Todos llegan a la terminal de Albrook, desde donde salen autobuses a todo el país.

Los taxis son muy baratos, se puede cruzar gran parte de la ciudad por u$s 3.

Comida:

Es muy barato comer en Panamá. Un plato de comida en una fonda, alrededor de u$s 2. Una hamburguesa en la calle u$s 1,50. Una lata de cerveza u$s 0.50.

Entrada al Canal de Panamá: u$s 8.

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