¿Cuanto tiempo se puede estar en Venezuela sin ir a la playa? Yo esperé dos días, el tercero estaba yendo pa´ Choroní. Muy cerca de Maracay, es una playa del centro venezolano a la cual, insistentemente, fui cinco veces. Es que tenía un deseo impostergable de vivir la inconfundible imagen de arena blanca, mar transparente, pies en el agua y un coco en la mano derecha. El caribe me esperaba con los brazos abiertos y yo me entregue a él como novia quinceañera.

Choroní

Playa Grande, Choroní.

Playa Grande, Choroní.

Música y mar

Música y mar

Para llegar hay que cruzar durante dos horas y media unos cerros selváticos. El viaje es toda una experiencia en sí misma, a bordo de una “buseta” (asi le dicen a los buses pequeños) que parece que se va a destartalar en los primeros metros. Ni bien el vehículo se puso en marcha se encendieron luces de todos colores, bajó una pantalla de DVD y empezó la fiesta rodante. Ahora sí, Reguetón al más alto volumen! El autobús se parece más a una discoteca que a un transporte público. En los asientos de atrás se canta y se toma ron en cantidades industriales. Nuestro bólido viaja a toda velocidad a miles de metros de altura, y toma las curvas tocando bocina mientras uno reza para que no aparezca algo de frente. Entonces, producto de una ley física de inercia, salimos todos disparados para la izquierda. Por los parlantes suena un estridente “Perdóname, perdóname…”  en ritmo de salsa y desde el fondo, alguien grita “Perdónalo, Dios mío! Perdónalo!”. Inercia de nuevo, ahora todos a la derecha. Yo no puedo parar de divertirme.

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Choroní es un pueblo muy chiquito y pintoresco, incrustado entre medio de la selva y la playa, mezcla un estilo colonial con un ambiente costero. Casitas de colores, callecitas de adoquín, veredas estrechas y mucho olor a mar. Un malecón, un poco venido a menos, donde golpean las olas contra los antiguos cañones que apuntan al horizonte. Mas allá un pequeño puerto plagado de botes que viajan a otras playas aledañas.

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Cruzando un pequeño río se va a Playa Grande. Se camina unos metros bordeando un cerro y ahí aparece: el caribe en todo su esplendor. Como su nombre lo indica, es una playa bastante amplia de arena clara, con muy buenas olas para hacer surf o pegarse una buena revolcada. El agua, para un argentino que desde chico ha veraneado en Mar del Plata, es simplemente increíble. Uno se puede pasar horas y horas dentro del mar mirando desconcertado como el vendedor de cocos se trepa a las palmeras del otro lado. Como queda muy cerca de la ciudad, los fines de semana está repleta de gente, pero cuando llega el lunes se vacía y es un lugar perfecto para relajarse bajo el sol y de paso vivir un poco de vida pueblerina.

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Pero Choroní no es sólo la playa. Es selva. Es costa y pesca. Pero además es auténticamente negra. La presencia de la cultura afroamericana es la esencia fundamental de la identidad del lugar. Los sábados por la noche, el pueblo vibra su cultura africana. En el malecón los negros se congregan espontáneamente y aparecen los tambores hechos de troncos. Se acercan, se agrupan. Los cueros de los parches se templan al fuego y comienza el calor.

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Cueros al fuego

Hay una ronda alrededor de los tamboreros. Uno toca el cuero, otros dos las maderas  del tronco. Tocan poliritmias, aunque no lo sepan. Ninguno estudió música pero tocan con su sangre. Es el sonido de la tierra, está claro. Un trovador improvisa una frase y el resto de la gente la repite a coro. Deben hacerlo, es parte del juego y el desafío el trovador que debe convencer a todos que canten lo que él les diga. Alienta, se enoja, empuja. Los tamboreros tocan cada vez más fuerte con mucha excitación, sudor y las manos rojas mientras alguien les vacía una botella de ron en la cabeza. A un costado la danza que es una verdadera lucha. El hombre encara a la mujer como un cortejo, se le acerca, la toca. La mujer lo seduce, se le escapa, y lo reta. La danza es puro sexo.

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Danza de Tambores

Chuao

Buena parte de esta cultura negra proviene del cacao y del trabajo en las plantaciones. A unos veinte minutos de lancha se encuentra el pueblo de Chuao. La única manera de llegar es por agua desde Choroní, porque no hay carretera que lo comunique con la ciudad. Cuentan que los negros de allí se pusieron como locos cuando les hablaron del proyecto de abrir un camino. Es que no quieren ni la inseguridad ni los vicios que provienen de la ciudad y así les queda una comunidad relativamente cerrada y segura. Chuao tiene una pequeña playa y un poblado muy tranquilo internado unos pocos kilómetros selva adentro. El lugar es conocido por ser productor del mejor cacao del mundo, que se exporta en casi su totalidad destinado a hacer los tan famosos y costosos chocolates suizos. Allí se puede encontrar todo tipo de productos derivado del cacao, desde licores hasta helados.

Puerto de Chuao

Puerto de Chuao

Cayo Sombrero

Aún me quedaba un destino más en el caribe venezolano. Mucho me habían hablado de Cayo Sombrero en el Parque Nacional Morrocoy. Nunca había estado en una isla, y debo asegurarles que es fabuloso. Esta vez el plan era algo diferente, nos llevamos agua, comida y carpa para sobrevivir al menos algunos días. Llegamos al puerto de Chinchiriviche para tomamos una lancha. Todas nos querían cobrar 500 bolívares ida y vuelta, hasta que encontramos a una que nos llevó por 200. Lo barato sale caro, me di cuenta cuando a al tercer día no nos fue a buscar y terminamos haciendo dedo de lancha.

Después de media hora de embarcados se llega a una isla de película, tan pequeña que uno le puede dar la vuelta en menos de una hora. La arena es blanca y el mar turquesa. El lugar es tan perfecto que uno se siente en uno de esos almanaques de agencias de turismo. Ahora puedo decir que es verdad, esos lugares paradisíacos existen más allá del photoshop.

Cayo Sombrero

Cayo Sombrero

Debo confesar que el cayo fue una experiencia un tanto particular. Esperábamos llegar a la total tranquilidad, al contacto con la naturaleza. Por cierto, habíamos hecho unos señaladores muy bonitos con nuestras fotos del viaje para vender en la playa, porque qué es lo que hace la mayoría de la gente en la playa?  Obviamente es leer.

Bueno, nada de eso. Aquí, la vaina es llegar con heladeras llenas de ron y cerveza. Y tomar en la arena y en el agua hasta emborracharse al atardecer. Los yates anclados en los corales ponen reggaetón lo mas alto posible mientras sus dueños se lucen mostrando sus colgantes de oro (de símil narcotraficante) y a sus chicas amortizando las siliconas recién sacadas del horno. En la playa, la gente es un poco más popular, pero es la misma historia aunque con menos plata. No vimos ni un solo libro, pero vendimos muchísimo y nos invitaron unas cuantas botellas de cervezas. Es que así se pasa el día de playa, y así se vive según la idiosincrasia de estos pagos. Como me dijo un venezolano: vacilando mi pana!

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Al fin de la tarde, los yates se van y las lanchas pasan a buscar a todos los visitantes. La playa es un cementerio de latas de cerveza y de repente nos damos cuenta que no quedó nadie, tenemos toda la isla para nosotros solos. Disfrutamos de la playa y cae la noche. Aparecen los animales, decenas de caracoles se agrupan alrededor de la carpa. A la mañana se desata una fuerte tormenta tropical que puso a las palmeras de costado. Luego sale el sol y todavía son las ocho de la mañana. Faltan como tres horas para que empiecen a llegar los turistas nuevamente. Mientras disfrutamos de estar por primera vez en una auténtica isla desierta.

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