Desde que planeé este viaje de mochilero, había un destino que tenía como obligado. Hace mucho tiempo que soñaba con ir a Marruecos. Nunca tuve un motivo concreto, ni un lugar especifico, simplemente había algo de allí que me llamaba insistentemente. Imágenes, colores, sabores, sonidos. Todo tan ajeno y a la vez tan seductor, Marruecos siempre fue un gran misterio para ser revelado. Esta es la crónica de mi primer día en un país impredecible.

Así se ve la costa africana desde el otro lado del estrecho

Así se ve la costa africana desde el otro lado del estrecho

Lunes 10 de Septiembre, 15:30  hs. (Hora de España)

Salimos en ferry desde Tarifa. El viaje es bastante corto, dura aproximadamente 35 minutos. Apenas zarpamos, me asomé un rato a la cubierta para ver como nos acercábamos a la costa marroquí. Como ya me había sucedido en el Peñón de Gibraltar, la idea de estar en Europa y ver África del otro lado del estrecho no me entraba en la cabeza. Menos aún, lo que me esperaría al pisar el continente que en ese entonces era un gran signo de pregunta. Pasaporte sellado en letras árabes. Listo! Ya estaba en continente africano!

15:00 hs. (Hora de Marruecos)

Llegamos al puerto de Tánger en medio de un calor bastante agobiante. Como ya suele ser costumbre, no sabía absolutamente nada acerca de mi destino. No había más remedio que descubrirlo in situ. De todos modos, es la manera que más me gusta, porque a pesar de que a veces conlleva algunos errores, es una buena forma de experimentar el lugar por uno mismo. Apenas abandonamos el puerto, cruzamos una calle ancha y empecé a sentir esa atmósfera a país subdesarrollado que Europa me había encargado de almacenarla en el olvido. Los baldíos, la basura en la calle, el humo de los puestos callejeros, los semáforos que no andan, los autos usados, me hicieron sentir nuevamente como en casa.

La ciudad de Tánger está construida sobre una pendiente. Saliendo del puerto hay una gran avenida costanera de esas que tienen boulevard y palmeras, desde la cual se desprenden el resto de las calles perpendiculares que suben la cuesta. Tomamos una de ellas para preguntar precios en algunos hoteles. Todos nos pedían alrededor de 200 Dirhams por habitación doble (20 Euros aprox.), valor que no estábamos dispuestos a pagar.

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16:00 hs.

En alguna de esas expediciones encontramos un hotel donde el dueño (luego del regateo) nos dejaba la habitación a 160 Dirhams. Cuando le comentamos que no podíamos pagar más de 100, con cierta cara de lástima nos dijo algo como: “Aquí estas en la zona nueva, ese precio sólo lo puedes encontrar en la Medina.”

Las Medinas son los barrios más antiguos y a la vez los más auténticos. “La ciudad vieja” está construida sobre la ladera de la montaña. Encerrada entre murallas que limitan al mar, es un verdadero laberinto de casas, túneles, gente, animales, coches, bicicletas, y todo lo que se les ocurra.

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16:15 hs.

Había escuchado mucho acerca de Marruecos y sus medinas. Me habían hablado de choque cultural y especificado todos los cuidados que debía tener, sobretodo con el tema de las propinas.  La cosa es más o menos así: Si alguien te aconseja un hotel, propina. Si te indican dónde queda un lugar que estás buscando, propina. Si se te pega un niño, diciéndote que te lleva a conocer algún sitio, propina. Si no te lleva, también querrá propina. Si sacás una foto, propina. Si eres turista, por todo te pedirán propina.

Así que allá fui. Con todos esos datos, más un poco de paranoia a enfrentarme a mi primer Medina marroquí.

16:30 hs.

Al subir la segunda cuadra uno ya se da cuenta claramente a lo que se enfrenta: Un cáos. Las calles nunca son rectas y están alborotadas de gente, niños corriendo, vendedores ambulantes, verduras, pescados, automóviles que pasan a milímetros de las personas y personas que pasan a milímetros de los automóviles. Gritos, intercambios, comida, perros, gatos, burros, etc. Y nosotros, que con las mochilas a cuestas, teníamos puesto un cartel invisible de «dinero» sobre nuestras cabezas.

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16:35 hs.

Fue allí entonces cuando conocimos a Abdul, que nos dijo las 3 palabras mágicas, que un turista escucha en toda su estadía en Marruecos: “Español? Amigo! Bienvenido!”

16:45 hs.

Abdul me cuenta que él no sólo sabe donde queda la pensión más buena, bonita y barata, sino que tiene contactos, y como es tan hospitalario nos va a llevar para que otros no nos engañen. Tomando en cuenta todas nuestras recomendaciones le dijimos que no teníamos plata para darle. Pero nuestro nuevo amigo no quiere dinero, lo hace para darnos la bienvenida, nos deja en la pensión y se va. Le comentamos que recién llegábamos y que queríamos buscar solos, pero Abdul sólo quiere asegurarse de que nadie nos engañe en la Medina.

No sé como hizo, pero nos llevó con él. Empezamos a introducirnos en calles, callecitas, caminitos, doblar a la derecha, a la izquierda, de nuevo a la derecha, mientras a mí alrededor pasaba un paisaje y un repertorio de personajes tan ajenos que no me alcanzaba la vista para procesarlo. El cáos de gente, los sonidos, los olores, las voces, las imágenes, las vestimentas, túnicas, velos, etc.  Todo el mundo musulmán y todo el choque cultural de que me habían hablado me estaban pasando como una película muda, mientras yo la miraba a Vito con cara de «¿Que hago acá? !!!¿¿Dónde sale el Ferry para Haedo??!!!» Y de repente un sonido estridente que no sabía de donde venía, unos gritos en árabe desde algún alto parlante cercano que me hizo saltar. «Listo, cayó Al-Qaeda!», pensé. Era uno de los llamados desde las mezquitas para rezar.

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17:10 hs.

Para ese momento yo estaba totalmente superado, no podía creer donde estaba mientras Abdul no paraba de hablarnos y se movía en el laberinto como pez en el agua. Tan normal para él y tan increíble para mí. Nos contaba su vida y nos aconsejaba sobre Tánger. Además, no sólo sabía de pensiones bonitas, sino también conocía los mejores negocios para comprar y nos podía llevar a visitar todos los lugares de interés, ya que nadie conocía la Medina como él. Ah!, por cierto, le podíamos comprar marihuana que traía directamente desde las montañas. Pareciera que Abdul era El Hombre en Tánger.

17:20 hs.

Llegamos a su pensión. Como esperábamos, mucho peor de lo que habíamos visto. Abdul era nuestro intermediario y hablaba con el dueño en árabe. Preguntamos el precio, 160. “De ninguna manera!” le dije. Regateo, 120. El lugar no tenía baño y era bastante precario. Le dijimos que preferíamos buscar en otro lado, pero Abdul nos acompañaba todo el tiempo. Era imposible despegarse, nos llevaba a otra pensión, preguntaba algo parecido a “Ala-jabala-jaba” y volvía diciendo que lamentablemente no había más habitaciones. A la tercera nos pareció algo sospechoso. Otra vez nos quiso llevar a su contacto, pero finalmente desistimos y como esperábamos, Abdul nos pidió propina a cambio de sus servicios. Le repetimos que no teníamos plata y luego de una pequeña discusión se perdió entre la gente.

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17:45 hs.

Como ya el choque cultural, la caminata por la medina, y el calor me habían agotado bastante decidí volver al primer hotel. Cuando el dueño nos vio entrar, sonrío picaréscamente. Yo esperaba su venganza y un precio irrisorio. Me preguntó si no habíamos encontrado nada. Le dije no y que podíamos arreglar por 140 por noche, «como habíamos quedado». 😉 Estaremos shockeados pero somos argentinos!

Hizo un gesto de resignación y accedió.

18:00 hs.

Primer encuentro con la letrina. Luego de ensayar varias veces los movimientos y posiciones adecuadas descubrí que tengo un serio problema de articulaciones. Finalmente me animé. Sin problemas.

19:00 hs.

Luego de un breve descanso volvimos a la medina. Ya sin el asedio que tuvimos con las mochilas, la pude ver en todo su esplendor. En la plaza central, los hombres charlan a gritos en la puerta de la mezquita, discutiendo vaya a saber qué. Las mujeres compran pescado o frutas en los puestos callejeros del zoco, mientras los niños jugan a ser Messi, Ronaldo, o algún otro jugador estrella según la camiseta que tengan puesta.

Por supuesto, otra vez nos encontramos con Abdul que nos invitó a fumar marihuana, pero le dijimos que estábamos cansados, y que mejor lo dejábamos para otro día.

20:30 hs.

Fin de un día largo. Agotado, volví al hotel a cenar y dormir.
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Martes 11 de Septiembre

Al otro día, retornamos a la medina ya más confiados. Un poco más curado de mi paranoia pude empezar a conocerla de una manera diferente.  (Aunque todavía no nos animamos a sacar demasiadas fotos, por las dudas!)

Subimos a la parte más alta del barrio para visitar la Kasbah, un sector amurallado que servía como una especie de fuerte. Fuimos a la Gran Mezquita, que obviamente no pudimos entrar ya que sólo tienen acceso los fieles, sólo una mirada de reojo al pasar y hay que tener cuidado porque en eso son muy celosos. Finalmente volvimos a la medina para perdernos entre sus callejuelas una y otra vez. Vimos muchas puertas, todas cerradas. Comimos pan y jugamos con algunos niños.

Si hay algo que abunda en Tánger ademas de gatos, son los niños. Hay niños por todos lados. Cientos de niños juegan en las calles a toda hora, sin presencia de los adultos. Rayuela, fútbol, escondidas, canicas, o simplemente correteando entre los puestos. Algunos nos sonríen, simpáticos. Otros nos miran, curiosos. Otros se esconden, temerosos. Lo cierto es que ellos son dueños de la calle, la hacen suya, la disfrutan y la descubren.

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Eso me puso a pensar que mas allá de las apariencias tan diferentes a las nuestras, la medina no es un sitio de temer, ya que ninguna madre de ninguna nacionalidad o religión dejaría que sus niños jueguen en un lugar peligroso. Todo nuestro temor es por desconocimiento.

Entrada la tarde pasamos por la necrópolis, un lugar arqueológico de tumbas pre romanas que hoy, completamente abandonado, es un increíble mirador y un punto de encuentro para los jóvenes de la ciudad. Allí nos quedamos largo rato contemplando el mar.

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Luego de dar algunas vueltas más, nos fuimos hasta Hafa Café, un antiguo y bohemio bar construido en forma de gradas, que oficia como un balcón inigualable a todo el azul del Mediterráneo. Nos pedimos lo que se debe pedir allí: Un auténtico y delicioso té a la menta.

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Al atardecer, cruzaba la Bab El-Fas y dejaba la medina justo cuando ya podía empezar a sentirme parte del paisaje. Recordé que durante este primer día me crucé gente muy amable, ancianos que te saludan al pasar, niños que te sonríen simpáticamente,  jóvenes charlando o escuchando música, amigos haciéndose bromas y parejas abrazadas mirando el mar. Nada demasiado distinto a lo que podría ver en mi ciudad.

Me fui pensando que en esencia todos somos parecidos y que a partir de ello debía intentar comprender la diferencia.

No será tarea fácil.

Ya había sobrevivido a mis primeras 24 hs en Marruecos.

Ya estaba en el juego.

 

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